LOS CUERNOS DEL AMOR
-¡Anda tú, pues que he hecho triple!
Afrodita se frota los ojos para asegurarse de que no es víctima de ninguna alucinación. Hermógenes, el guardián de sus unicornios blancos, le ha explicado entre sollozos que Heracles se llevó tres y que él no pudo hacer nada por evitarlo, y por eso ha venido hecha una furia al campo de prácticas del héroe, pero nunca en su inmortal vida pensó que se encontraría con una salvajada así.
Detrás del coloso, tumbados en el suelo y con sus cuatro patas atadas entre sí mediante gruesos cabos de esparto, Afrodita reconoce a Etéocles y Egisto, dos de sus unicornios favoritos. La diosa ahoga un gemido, y sigue la mirada de Heracles hacia una gigantesca diana de competición -círculos concéntricos, sectores numerados y toda la parafernalia que causa furor en Olimpia –, que hay clavada en uno de los robles sagrados de Apolo. Y a punto está de desmayarse al distinguir al unicornio Plafón, al que conoce desde que era un potro, clavado por su cuerno a la parte superior del anillo de triple de la diana.

-¡Hijo de Alcmene! –exclama, en cuanto ha bebido un poco de su frasquito de néctar para emergencias -. ¡En el nombre del Olimpo, qué estás haciendo?
-¡Ay va, Afro, pues vaya susto que me has dado! ¡Ya ves, aquí practicando el tiro!
-¿Y para eso necesitas mis unicornios?
-¡Anda, claro, si no de qué los voy a coger! Oye, tú que entiendes de esos temas: si atravieso a una chica con un bicho de estos, eso es muy romántico, ¿no?
-¿Cómo?
-Pues si con unas flechitas de Eros se enamoran, con esto tiene que ser el no va más.
La diosa se ríe, y sus carcajadas son cuchillos.
-¿Es ese el problema? ¿Te gusta una mujer, y no sabes cómo acercarte a ella?
-Ay va tú, ahí le has dado –Heracles se pone rojo, y baja los ojos -. Es la ninfa Diandra, que está que no veas. Me paso el día regalándole hidras muertas y pieles de león, y ni caso.
-¿Hidras muertas? ¿Pieles de león? ¿Crees de verdad que así vas a ablandarla?
-Pues son las cosas que más me gustan a mí en el mundo. Me dan una, y me quedo así –se señala la boca, abierta de par en par.

Afrodita sonríe, ahora la situación le hace hasta gracia.
-Mira, Heracles, déjame que te dé un consejo. Si le clavas a una chica el cuerno de un animal, lo más que vas a conseguir es que pierda un montón de sangre. Si quieres conquistar a Diandra, recítale versos y regálale cosas bonitas. Por ejemplo, seguro que le encantan las flores.
-¿Flores¿ ¿En serio?
-Sí, hijo de Alcmene, quítate esa cara de repugnancia porque es así. Regálale rosas, claveles, lirios y jacintos, y tendrás muchas más posibilidades de que mi hijo Eros la atraviese con sus flechitas.
-Por Zeus, y yo que pensaba que sólo servían para provocar alergia. Ay va, Afro, tú sabes de eso más que nadie, así que seguro que tienes razón. Pues le voy a regalar tantas flores que no va a saber qué hacer con ellas. ¡Anda tú, que de esta cae seguro!
-Por supuesto, Heracles. Y ahora, por favor, saca a Plafón de la diana.
El coloso obedece y, poco después, Afrodita se lleva a los tres unicornios. Los devuelve a sus pastos y, antes de cruzar la puerta del Olimpo, mira por última vez el campo de entrenamiento de Heracles. El rostro se le ensombrece cuando distingue al héroe arrojando tiestos y jardineras sobre la hermosa ninfa, y con una tremenda puntería.
Afrodita se frota los ojos para asegurarse de que no es víctima de ninguna alucinación. Hermógenes, el guardián de sus unicornios blancos, le ha explicado entre sollozos que Heracles se llevó tres y que él no pudo hacer nada por evitarlo, y por eso ha venido hecha una furia al campo de prácticas del héroe, pero nunca en su inmortal vida pensó que se encontraría con una salvajada así.
Detrás del coloso, tumbados en el suelo y con sus cuatro patas atadas entre sí mediante gruesos cabos de esparto, Afrodita reconoce a Etéocles y Egisto, dos de sus unicornios favoritos. La diosa ahoga un gemido, y sigue la mirada de Heracles hacia una gigantesca diana de competición -círculos concéntricos, sectores numerados y toda la parafernalia que causa furor en Olimpia –, que hay clavada en uno de los robles sagrados de Apolo. Y a punto está de desmayarse al distinguir al unicornio Plafón, al que conoce desde que era un potro, clavado por su cuerno a la parte superior del anillo de triple de la diana.

-¡Hijo de Alcmene! –exclama, en cuanto ha bebido un poco de su frasquito de néctar para emergencias -. ¡En el nombre del Olimpo, qué estás haciendo?
-¡Ay va, Afro, pues vaya susto que me has dado! ¡Ya ves, aquí practicando el tiro!
-¿Y para eso necesitas mis unicornios?
-¡Anda, claro, si no de qué los voy a coger! Oye, tú que entiendes de esos temas: si atravieso a una chica con un bicho de estos, eso es muy romántico, ¿no?
-¿Cómo?
-Pues si con unas flechitas de Eros se enamoran, con esto tiene que ser el no va más.
La diosa se ríe, y sus carcajadas son cuchillos.
-¿Es ese el problema? ¿Te gusta una mujer, y no sabes cómo acercarte a ella?
-Ay va tú, ahí le has dado –Heracles se pone rojo, y baja los ojos -. Es la ninfa Diandra, que está que no veas. Me paso el día regalándole hidras muertas y pieles de león, y ni caso.
-¿Hidras muertas? ¿Pieles de león? ¿Crees de verdad que así vas a ablandarla?
-Pues son las cosas que más me gustan a mí en el mundo. Me dan una, y me quedo así –se señala la boca, abierta de par en par.

Afrodita sonríe, ahora la situación le hace hasta gracia.
-Mira, Heracles, déjame que te dé un consejo. Si le clavas a una chica el cuerno de un animal, lo más que vas a conseguir es que pierda un montón de sangre. Si quieres conquistar a Diandra, recítale versos y regálale cosas bonitas. Por ejemplo, seguro que le encantan las flores.
-¿Flores¿ ¿En serio?
-Sí, hijo de Alcmene, quítate esa cara de repugnancia porque es así. Regálale rosas, claveles, lirios y jacintos, y tendrás muchas más posibilidades de que mi hijo Eros la atraviese con sus flechitas.
-Por Zeus, y yo que pensaba que sólo servían para provocar alergia. Ay va, Afro, tú sabes de eso más que nadie, así que seguro que tienes razón. Pues le voy a regalar tantas flores que no va a saber qué hacer con ellas. ¡Anda tú, que de esta cae seguro!
-Por supuesto, Heracles. Y ahora, por favor, saca a Plafón de la diana.
El coloso obedece y, poco después, Afrodita se lleva a los tres unicornios. Los devuelve a sus pastos y, antes de cruzar la puerta del Olimpo, mira por última vez el campo de entrenamiento de Heracles. El rostro se le ensombrece cuando distingue al héroe arrojando tiestos y jardineras sobre la hermosa ninfa, y con una tremenda puntería.


















