MI NIÑO LOBO (II)
(Viene de aquí).
No conseguí adaptarme a la vida en el Extremo Norte. Una lengua nueva, diferentes costumbres, insomnio provocado por la falta de horas oscuras, y el frío que lo invadía todo. Ver a Jimmy feliz, jugando en su cunita con la nueva oveja de lana que le habíamos comprado, era una bendición, pero echaba de menos los ojos verdes de mi mujer, y su voz que parecía una caricia, y los puñetazos que me pegaba cuando le tomaba el pelo. Las llanuras y las montañas heladas eran espectaculares, pero nada había más bonito allí que el recuerdo de Alice.

Cuando la hoja de julio se cayó del calendario, fui a comprar los billetes para nuestro viaje al Extremo Sur. Y sentí cómo la tierra se hundía bajo mis pies cuando la dependienta me informó de que los vuelos al exterior siempre partían en días de luna llena. Para aprovechar mejor los fenómenos gravitatorios y así ahorrar combustible, me explicó con una sonrisa que con gusto le habría arrancado.
Y el mundo se me terminó de hacer añicos. La interminable noche ártica se aproximaba, pero tampoco podría meter a Jimmy en un avión en el quizá habría vigilantes con balas de plata. Compré un montón de ovejas de peluche, y ropita de bebé en cantidades industriales.
Un día, estaba recogiendo los libros que la gente iba dejando en las mesas de mi biblioteca, cuando, entre los apuntes de una gigantesca rubia, distinguí un anuncio de una compañía aérea que no conocía. Haciendo lo posible por no llamar la atención de la joven, escudriñé el folleto, y los ojos se me salieron de las órbitas cuando vi que no volaba en días de plenilunio. La empresa tenía como base de operaciones un aeródromo del que jamás había oído hablar, y que estaba enclavado dentro de lo que los mapas decían que era un parque natural.

A finales de septiembre, el pequeño Jimmy y yo nos subimos a un avión con rumbo al Extremo Sur. La tapicería y las azafatas habían conocido días mejores, pero el revistero de mi asiento contenía los últimos números de varias revistas de ocultismo. Que contenían espectaculares fotos de humanos transformándose en criaturas salvajes, bajo el influjo de la luna llena. Ojeé las páginas, maravillado, y luego vi amplias sonrisas en los pasajeros que tenía cerca. Llegaban carcajadas y frases jubilosas de toda la cabina de pasajeros. Saqué a Jimmy de su porta bebé, y lo estreché fuertemente entre mis brazos.
Y entonces entró en el avión la rubia de la biblioteca, acompañada de un gorila con bigote. Y ambos estaban vestidos con los uniformes de las autoridades.
No conseguí adaptarme a la vida en el Extremo Norte. Una lengua nueva, diferentes costumbres, insomnio provocado por la falta de horas oscuras, y el frío que lo invadía todo. Ver a Jimmy feliz, jugando en su cunita con la nueva oveja de lana que le habíamos comprado, era una bendición, pero echaba de menos los ojos verdes de mi mujer, y su voz que parecía una caricia, y los puñetazos que me pegaba cuando le tomaba el pelo. Las llanuras y las montañas heladas eran espectaculares, pero nada había más bonito allí que el recuerdo de Alice.

Cuando la hoja de julio se cayó del calendario, fui a comprar los billetes para nuestro viaje al Extremo Sur. Y sentí cómo la tierra se hundía bajo mis pies cuando la dependienta me informó de que los vuelos al exterior siempre partían en días de luna llena. Para aprovechar mejor los fenómenos gravitatorios y así ahorrar combustible, me explicó con una sonrisa que con gusto le habría arrancado.
Y el mundo se me terminó de hacer añicos. La interminable noche ártica se aproximaba, pero tampoco podría meter a Jimmy en un avión en el quizá habría vigilantes con balas de plata. Compré un montón de ovejas de peluche, y ropita de bebé en cantidades industriales.
Un día, estaba recogiendo los libros que la gente iba dejando en las mesas de mi biblioteca, cuando, entre los apuntes de una gigantesca rubia, distinguí un anuncio de una compañía aérea que no conocía. Haciendo lo posible por no llamar la atención de la joven, escudriñé el folleto, y los ojos se me salieron de las órbitas cuando vi que no volaba en días de plenilunio. La empresa tenía como base de operaciones un aeródromo del que jamás había oído hablar, y que estaba enclavado dentro de lo que los mapas decían que era un parque natural.

A finales de septiembre, el pequeño Jimmy y yo nos subimos a un avión con rumbo al Extremo Sur. La tapicería y las azafatas habían conocido días mejores, pero el revistero de mi asiento contenía los últimos números de varias revistas de ocultismo. Que contenían espectaculares fotos de humanos transformándose en criaturas salvajes, bajo el influjo de la luna llena. Ojeé las páginas, maravillado, y luego vi amplias sonrisas en los pasajeros que tenía cerca. Llegaban carcajadas y frases jubilosas de toda la cabina de pasajeros. Saqué a Jimmy de su porta bebé, y lo estreché fuertemente entre mis brazos.
Y entonces entró en el avión la rubia de la biblioteca, acompañada de un gorila con bigote. Y ambos estaban vestidos con los uniformes de las autoridades.











