miércoles, noviembre 19, 2008

MI NIÑO LOBO (II)

(Viene de aquí).

No conseguí adaptarme a la vida en el Extremo Norte. Una lengua nueva, diferentes costumbres, insomnio provocado por la falta de horas oscuras, y el frío que lo invadía todo. Ver a Jimmy feliz, jugando en su cunita con la nueva oveja de lana que le habíamos comprado, era una bendición, pero echaba de menos los ojos verdes de mi mujer, y su voz que parecía una caricia, y los puñetazos que me pegaba cuando le tomaba el pelo. Las llanuras y las montañas heladas eran espectaculares, pero nada había más bonito allí que el recuerdo de Alice.


Cuando la hoja de julio se cayó del calendario, fui a comprar los billetes para nuestro viaje al Extremo Sur. Y sentí cómo la tierra se hundía bajo mis pies cuando la dependienta me informó de que los vuelos al exterior siempre partían en días de luna llena. Para aprovechar mejor los fenómenos gravitatorios y así ahorrar combustible, me explicó con una sonrisa que con gusto le habría arrancado.

Y el mundo se me terminó de hacer añicos. La interminable noche ártica se aproximaba, pero tampoco podría meter a Jimmy en un avión en el quizá habría vigilantes con balas de plata. Compré un montón de ovejas de peluche, y ropita de bebé en cantidades industriales.

Un día, estaba recogiendo los libros que la gente iba dejando en las mesas de mi biblioteca, cuando, entre los apuntes de una gigantesca rubia, distinguí un anuncio de una compañía aérea que no conocía. Haciendo lo posible por no llamar la atención de la joven, escudriñé el folleto, y los ojos se me salieron de las órbitas cuando vi que no volaba en días de plenilunio. La empresa tenía como base de operaciones un aeródromo del que jamás había oído hablar, y que estaba enclavado dentro de lo que los mapas decían que era un parque natural.

A finales de septiembre, el pequeño Jimmy y yo nos subimos a un avión con rumbo al Extremo Sur. La tapicería y las azafatas habían conocido días mejores, pero el revistero de mi asiento contenía los últimos números de varias revistas de ocultismo. Que contenían espectaculares fotos de humanos transformándose en criaturas salvajes, bajo el influjo de la luna llena. Ojeé las páginas, maravillado, y luego vi amplias sonrisas en los pasajeros que tenía cerca. Llegaban carcajadas y frases jubilosas de toda la cabina de pasajeros. Saqué a Jimmy de su porta bebé, y lo estreché fuertemente entre mis brazos.

Y entonces entró en el avión la rubia de la biblioteca, acompañada de un gorila con bigote. Y ambos estaban vestidos con los uniformes de las autoridades.

lunes, noviembre 17, 2008

MI NIÑO LOBO

Supimos que Jimmy era un lobo la primera noche de luna llena de su vida. Alice y yo estábamos viendo la televisión, cuando, de repente, oímos gruñidos como de fiera procedentes de su cuarto. Nos levantamos raudos de nuestros sillones y, cuando llegamos, vimos al pequeño cubierto de pelo y haciendo trizas, con unas manos que más parecían garras, la oveja de juguete que le había regalado su tío Henry. Llevándose a la boca el relleno como si fuera la carne de un herbívoro recién cazado, mientras las lanas del peluche, junto con los jirones de las sábanas y de la ropita del bebé, formaban una extraña alfombra que cubría el colchón de su cuna.


Una vez le hubimos quitado su presa, Alice y yo nos miramos, y me costó contener las lágrimas al ver los ríos que bajaban por su rostro. Hacía pocos meses, las autoridades habían averiguado que la niña pequeña de los Jenkins se transformaba en pantera, y la habían abatido con una bala de plata mientras dormía, con la naricilla rozando el sonajero y el pulgar de su mano derecha dentro de la boca. Y Alice y yo nos abrazamos al recordar cómo las sombras se habían adueñado de su hogar, y cómo el brillo había desaparecido de sus ojos, y la sonrisa de sus rostros. No dejaré que a nosotros nos pase eso, le juré a mi mujer mientras acariciaba sus cabellos. A nuestro hijo no lo matarán como si fuera una bestia.

Nunca nos habíamos querido tanto como en ese momento.

La única solución posible era ir a las tierras donde no llega la noche. Es decir, vivir durante los meses de invierno cerca del Extremo Sur, y en los meses de verano cerca del Extremo Norte. Las nieves y las ventiscas serían nuestros compañeras, no volveríamos a ver un árbol cubierto de hojas ni una puesta de sol, pero el pequeño Jimmy podría crecer sin llegar a conocer su maldición, sin llegar a temer a cada paso el disparo de una bala de plata. Y eso valía por todos los sinsabores que nos iba a tocar sufrir.


Alice encontró trabajo en una tienda del Extremo Sur, y yo en una biblioteca del Extremo Norte. Como acabábamos de entrar en el mes de mayo, me correspondió el primer turno de cuidar del niño. Cuando llegó la despedida, Alice cogió a Jimmy y se deshizo en lágrimas, mientras a mí se me ahogaban las frases con las que quería reconfortarla. Luego nos fundimos en un beso, y nos recordamos que volveríamos a vernos, cuando el verano cayera.

(Continúa en http://www.kermitsson.com/2008/11/mi-nio-lobo-ii.html)

lunes, noviembre 10, 2008

RODANDO, CÁMARA… ACCIÓN

Hollywood, una tarde de mediados de la década de los cincuenta. En un pequeño estudio, situado en las cercanías de los grandes pero en las antípodas de ellos en cuanto a glamour, se está rodando una película. Por lo que se ve, ni los actores ni el guión son de los que reventarán taquillas, los operarios trabajan con la desgana de quien hace tiempo enterró sus sueños de triunfar.


Finalmente, el director da la orden de cortar.

-Joe, tenemos un problema –le dice uno de los cámaras -. Vamos a tener que repetir.

El director lo mira con expresión hastiada.

-Alguien me ha cambiado el celuloide por papel higiénico –se explica el cámara -. No me he dado cuenta hasta ahora.

-Me pregunto con qué se estará limpiando el culo la gente –mueve la cabeza Joe, mientras las cenizas de su cigarrillo caen sobre el linóleo.

jueves, noviembre 06, 2008

INDIA PINTORESCA

Aprovechando que mi hermana está de viaje por esas tierras, aquí podéis ver esta delicada estampa costumbrista.

Un país fascinante, ciertamente.

lunes, noviembre 03, 2008

CIRUGÍA PLÁSTICA

Ya casi no me acuerdo de cuando dormía en un castillo y vivía de la sangre de bellas mujeres. Antes era el rey de la noche y la luna me sonreía, ahora mi ataúd languidece en un trastero, rodeado de jergones, instrumentos médicos, y ropa esterilizada. Y maldigo el día en que se me ocurrió visitar la sección de perfumería de esos grandes almacenes, y esa mujer me roció por sorpresa con esa colonia.

Hecha con esencia de ajos silvestres, con un poco de jazmín y unos toques de bergamota, me explicó con una voz que parecía un chirrido, mientras yo intentaba ocultar los primeros síntomas de la crisis alérgica.

Y mi vida cayó en picado. Tuve que dejar la sangre que tantos placeres me había proporcionado y, tras múltiples pruebas acabadas entre convulsiones, sólo encontré algo que mi cuerpo pudiera digerir. Sí, las grasas, las acumulaciones adiposas en glúteos y abdomen, los fluidos corporales que desde siempre había considerado más repugnantes. Y que aun ahora, cuando llevo años sin probar otra cosa, todavía hay veces en que me producen náuseas.


Los demás vampiros no tardaron en enterarse, me atacaron y me echaron de mi castillo. Tuve que vagar por los parajes más sórdidos, pernocté en escombreras y vertederos, hasta que, un día, vi un cartel anunciador de un centro estético. Fui allí, hablé con el doctor Fundiño, y este me permitió alojarme en su clínica. Y, al poco, me convertí en la mascota del personal, en una atracción de feria de la que sólo dejaban de reírse cuando había que practicar una liposucción.

Años después, una tarde me encontré con la misma dependienta que me había destrozado, delante del mostrador de recepción y comentando que le iban a hacer un arreglo de nariz. Y entonces mis pulmones se quedaron sin aire, mis piernas flaquearon y mi cerebro se llenó de imágenes sangrientas. Y así me quedé, durante unos segundos que parecieron eternos. Luego, una vez repuesto, abandoné discretamente la sala, me encerré en un retrete, y me puse a meditar las diferentes estrategias de venganza.

La operación que se iba a practicar sobre la dependienta era sencilla, salvo imprevistos podría irse luego a su casa. Por tanto, mi única posibilidad sería ponerme ropa quirúrgica –pantalones, bata, gorro y mascarilla-, de la que había en abundancia en el trastero donde dormía, infiltrarme en el quirófano y desfigurarla durante la cirugía. A la vista del doctor Fundiño y de su equipo. Me echarían de la clínica y tendría que volver a la vida errante, a revolcarme en el fango y a tener a ratas y cucarachas como únicas compañeras, pero al menos recuperaría mi dignidad. Aparte de que tampoco sentiría nostalgia de las burlas de los trabajadores, ni de sus continuas bromas a mi costa.


Mientras corría a mi habitación, un paciente ciego se rió de mí. Y entonces me di cuenta de que algo fallaba, de que, por muy bien que me disfrazara, no podría pasar desapercibido en el quirófano.

El olor. Los vampiros, al parecer, desprendemos un fortísimo aroma, muy parecido al de los repollos putrefactos. Y, pese a que en el resto del cuerpo había conseguido más o menos controlarlo, no sucedía así con el aliento, que seguía delatando mi presencia a la legua. Y eso que me lavaba los dientes al levantarme y después de cada comida, probando todos los dentífricos que me llegaban a las manos.

Justo cuando la zozobra empezaba a adueñarse de mí, me encontré con Mariano, un celador con el que me llevaba muy bien, especialmente desde que le había quitado la celulitis a su novia. Llevaba un carrito con unos frascos muy llamativos, de color verde.

-Ey, Dracu, ¿sabes lo que tengo aquí? –me preguntó, con su característica jovialidad.

-Pues no.

-Un enjuague bucal re-volucionario. Según cuentan, no hay mal olor que se le resista. Toma, te dejo que te lleves uno.

Lo probé y, para mi infinito gozo, funcionaba.

Poco después, era uno más dentro del equipo que se disponía a operar a la dependienta. Nadie me había reconocido, y nadie se dio cuenta de cómo, mientras el doctor Fundiño hablaba con sus subordinados, me acercaba a la camilla donde dormía mi víctima. Me incliné sobre su rostro, blandiendo un bisturí…


… y entonces me llegó una vaharada del mismo perfume que, años atrás, me había hecho sucumbir.

-Por amor de Dios, ¿qué está haciendo aquí, Dracu? –me increpó el doctor Fundiño, una vez los enfermeros consiguieron sujetarme.

A lo que respondí contándole mi historia, con todos sus pelos y señales.

-Pues, siendo así, creo que lo mejor será que se vengue –dijo. Y, a continuación, me devolvió el bisturí.

-¿Cómo? ¿Está hablando en serio, doctor?

-La clínica tiene muy buenos abogados. No se preocupe, que a nosotros no nos pasará nada.

Me puse una pinza en la nariz y, alejando lo más posible mi cara de la suya, cumplí mi misión. Y, cuando salí del quirófano, descubrí la singular belleza de las galerías y las salas de espera, y de las plantas de plástico y de los carteles con consejos médicos, e incluso me hicieron gracia las bromas que unos compañeros hicieron a mi costa.

domingo, noviembre 02, 2008

SALVAJADA CULINARIA

Ay, pobres. Y pensar que yo...

viernes, octubre 31, 2008

LA TINAJA DE LOS DIOSES

Así se llama una obra infantil que he escrito (con los toques absurdos y humorísticos que me caracterizan), y que será representada por el grupo de teatro No Es Culpa Nuestra, allá por marzo y abril (de momento, no sé las fechas exactas).

Como somos de un moderno que da gloria vernos, hemos hecho un blog, mediante el cual podréis seguir todo el proceso de creación de la obra: lo que pase en los ensayos, cuestiones técnicas, cotilleos, sudokus.... La dirección es http://latinajadelosdioses.blogspot.com/ .



De verdad, va a merecer la pena.

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