lunes, junio 29, 2009

LOS CUERNOS DEL AMOR

-¡Anda tú, pues que he hecho triple!

Afrodita se frota los ojos para asegurarse de que no es víctima de ninguna alucinación. Hermógenes, el guardián de sus unicornios blancos, le ha explicado entre sollozos que Heracles se llevó tres y que él no pudo hacer nada por evitarlo, y por eso ha venido hecha una furia al campo de prácticas del héroe, pero nunca en su inmortal vida pensó que se encontraría con una salvajada así.

Detrás del coloso, tumbados en el suelo y con sus cuatro patas atadas entre sí mediante gruesos cabos de esparto, Afrodita reconoce a Etéocles y Egisto, dos de sus unicornios favoritos. La diosa ahoga un gemido, y sigue la mirada de Heracles hacia una gigantesca diana de competición -círculos concéntricos, sectores numerados y toda la parafernalia que causa furor en Olimpia –, que hay clavada en uno de los robles sagrados de Apolo. Y a punto está de desmayarse al distinguir al unicornio Plafón, al que conoce desde que era un potro, clavado por su cuerno a la parte superior del anillo de triple de la diana.


-¡Hijo de Alcmene! –exclama, en cuanto ha bebido un poco de su frasquito de néctar para emergencias -. ¡En el nombre del Olimpo, qué estás haciendo?

-¡Ay va, Afro, pues vaya susto que me has dado! ¡Ya ves, aquí practicando el tiro!

-¿Y para eso necesitas mis unicornios?

-¡Anda, claro, si no de qué los voy a coger! Oye, tú que entiendes de esos temas: si atravieso a una chica con un bicho de estos, eso es muy romántico, ¿no?

-¿Cómo?

-Pues si con unas flechitas de Eros se enamoran, con esto tiene que ser el no va más.
La diosa se ríe, y sus carcajadas son cuchillos.

-¿Es ese el problema? ¿Te gusta una mujer, y no sabes cómo acercarte a ella?

-Ay va tú, ahí le has dado –Heracles se pone rojo, y baja los ojos -. Es la ninfa Diandra, que está que no veas. Me paso el día regalándole hidras muertas y pieles de león, y ni caso.

-¿Hidras muertas? ¿Pieles de león? ¿Crees de verdad que así vas a ablandarla?

-Pues son las cosas que más me gustan a mí en el mundo. Me dan una, y me quedo así –se señala la boca, abierta de par en par.


Afrodita sonríe, ahora la situación le hace hasta gracia.
-Mira, Heracles, déjame que te dé un consejo. Si le clavas a una chica el cuerno de un animal, lo más que vas a conseguir es que pierda un montón de sangre. Si quieres conquistar a Diandra, recítale versos y regálale cosas bonitas. Por ejemplo, seguro que le encantan las flores.

-¿Flores¿ ¿En serio?

-Sí, hijo de Alcmene, quítate esa cara de repugnancia porque es así. Regálale rosas, claveles, lirios y jacintos, y tendrás muchas más posibilidades de que mi hijo Eros la atraviese con sus flechitas.

-Por Zeus, y yo que pensaba que sólo servían para provocar alergia. Ay va, Afro, tú sabes de eso más que nadie, así que seguro que tienes razón. Pues le voy a regalar tantas flores que no va a saber qué hacer con ellas. ¡Anda tú, que de esta cae seguro!

-Por supuesto, Heracles. Y ahora, por favor, saca a Plafón de la diana.

El coloso obedece y, poco después, Afrodita se lleva a los tres unicornios. Los devuelve a sus pastos y, antes de cruzar la puerta del Olimpo, mira por última vez el campo de entrenamiento de Heracles. El rostro se le ensombrece cuando distingue al héroe arrojando tiestos y jardineras sobre la hermosa ninfa, y con una tremenda puntería.

lunes, junio 08, 2009

SIRENAS DEL MAR CARIBE

El último cautivo fue empujado hasta el final de la plancha y cayó al agua, uniéndose a sus compañeros que intentaban mantenerse a flote entre las olas. En la cubierta del “Black Skull” nadie se movía, los únicos ojos que no estaban pendientes de las evoluciones de los nadadores eran los del tuerto Flynn, al que su escaso interés por las mujeres hacía que se le pudiera encomendar, con toda confianza, el puesto de vigía. El resto echaba tragos a las botellas de ron que se iban pasando de unas manos a otras, rivalizaba con el loro del capitán en soltar las mayores ordinarieces, y lanzaba besos a las algas y a la espuma.

El viejo Sands, el único aparte del capitán que tenía un catalejo, fue el primero en avistarlas.

-¡Ahí están! ¡Dos en la quinta ola, hacia el nornoroeste, y hay otras tres detrás! ¡Por las barbas de Neptuno, esas son hembras y no las de la Isla Tortuga! –y, con la mano asiendo todavía el catalejo, se tiró al mar y se puso a nadar hacia donde tragaban agua los cautivos. Otros muchos marineros lo secundaron.

Las sirenas se fueron acercando, cinco, siete, once y hasta trece se distinguían ahora desde la cubierta del “Black Skull”. Melenas alborotadas del color del sol, pieles bronceadas, escamas de plata en lugar de caderas y piernas. Igual que las otras veces en que los piratas se las habían encontrado, en las azules aguas del mar de las Antillas.


Igual que las otras veces, las sirenas nadaron hacia donde se encontraban los prisioneros, los reanimaron mediante ardientes besos, los montaron sobre sus suculentas espaldas, y se los llevaron consigo. En cambio, a los bucaneros que, con sus parches en el ojo y sus patas de palo, se habían arrojado al mar, no les hicieron el menor caso. A pesar de lo mucho que suplicaron, a pesar de cómo agitaron sus brazos en todas las direcciones, pese a que nadaron unos cuantos metros detrás de las sirenas, hasta que se quedaron sin resuello y tuvieron que volver cariacontecidos al barco.

Ninguna de las ardides que ideó el capitán Seagrove surtió efecto. Ni el disfrazar a la tripulación de cautivos, ni el amenazar a las sirenas con no arrojar a más prisioneros si seguían ignorando a los marineros del “Black Skull”. Las mujeres del mar se encogían de hombros, tintineaban con sus limpias voces unas palabras despreciativas, y se iban por donde habían venido. Y las joyas, monedas, perlas y telas que los piratas iban acumulando a lo largo de sus fechorías languidecían en la bodega sin que ya nadie las admirara, y las borracheras de ron acababan ahora entre llantos y depresiones.

Un día, el capitán Seagrove ordenó que se echara el ancla, y reunió a todos sus hombres.

-No podemos seguir así. Nos estamos convirtiendo en el hazmerreír de los hermanos de la costa. ¡Cada vez que asomo la cabeza por la Isla Tortuga, todo el mundo me lanza besitos e intenta venderme filtros de amor! ¡Ya nadie ofrece resistencia cuando los abordamos, todo el mundo está encantado de ser prisionero nuestro!

-Pero, ¡es que son tan hermosas! –suspiró “Cuchillo” Bones, uno de los más sanguinarios asesinos de los mares españoles -. Sus ojos son de nácar, sus dientes esmeraldas…


-¡Basta! –gritó el capitán -. ¡Mil rayos, vais a conseguir que quiten el precio que pesa sobre nuestras cabezas! ¡Somos la vergüenza del gremio!

-Igual deberíamos dejarlo –dijo “Arenque” George, el cocinero -. Si nos hacemos pacíficos comerciantes, igual nos apresan otros y nos arrojan al mar.

-¡Por encima de mi cadáver! –rugió el capitán.

Medio año más tarde, lo que antes había sido el “Black Skull” y ahora era el pacífico mercante “Blessed Lily” fue abordado por el feroz pirata Voulezvous. Tras unos segundos de resistencia protocolaria, Seagrove y sus hombres se rindieron, y fueron condenados a caminar por la plancha. “Cuchillo” Bones, “Arenque” George y hasta el propio capitán fingieron caras de pena, y acariciaron sus loros y patas de palo como si fuera la última vez.

Cayeron todos al agua con ejemplar dignidad, se pusieron a chapotear, y rieron como endemoniados cuando el vigía del “Sacrebleu” gritó que se estaban aproximando unas mujeres con cola de pez por estribor. Los marineros del “Blessed Lily”, antiguo “Black Skull”, se pusieron a recitar los versos y galanterías que habían estado aprendiendo, durante meses.


Las sirenas llegaron en unas pocas brazadas a donde estaban, pasaron entre ellos sin aminorar la velocidad y sin dedicarles siquiera una sonrisa, se acercaron al casco del “Sacrebleu”, besaron a sus tripulantes, que al verlas llegar se habían lanzado a las olas como los energúmenos que eran, y se los llevaron sobre sus espaldas en medio de un jolgorio ensordecedor de cánticos en francés. No quedó nadie a bordo del barco pirata.

Tras unos minutos de estupefacción, el capitán Seagrove convocó una asamblea allí mismo, en medio del Océano, y se pusieron a debatir cómo seguirían con sus vidas.

lunes, junio 01, 2009

PSICOFONÍAS

En vida fui un desgraciado, y por eso me sorprendió tanto el encontrarme, esa noche, una grabadora encendida sobre la tumba.

Me dejé los años escribiendo canciones y ensayando con los diferentes músicos que logré captar, todos ellos tan acabados como yo, y lo único que conseguí fue grabar un disco en una compañía efímera, cuatro entrevistas contadas en programas de emisoras piratas, y algunas actuaciones en locales de aire de tabaco y suelo de serrín. Nada de números uno en las listas de éxito, ni de conciertos en estadios llenos, ni de deliciosas “groupies” dispuestas a todo. Escondía mi tristeza entre drogas y alcohol, y una mañana gris me encontraron muerto en un banco del parque. Mi cuerpo pasó a descansar en el cementerio viejo, y pronto descubrí que uno de mis vecinos era Roger Blast, el legendario e inaccesible cantante del grupo Mythic. Su tumba estaba siempre cubierta de flores y rodeada de admiradores, a los que trataba con la misma indiferencia que había exhibido en vida, mientras nadie se fijaba en el nombre que estaba grabado en mi lápida.


En el cementerio no había guitarras ni baterías, pero a mí me gustaba salir en las noches claras, y cantar mis grandes no-éxitos, u otras canciones que se me iban ocurriendo en la eterna soledad de mi ataúd. Otros músicos hacían lo mismo, aunque entre ellos nunca estaba Roger Blast, y nuestras voces se juntaban con el canto de las aves y el viento. Sólo las fantasmas más feas hacían algo de caso al recital, pero, aun así, en esos momentos hasta merecía la pena el estar muerto.

No era extraña la presencia de grabadoras registrando psicofonías, pero cuando di con una encima de mi tumba, supuse que se trataba de un error y me incliné para apagarla.

-Ey, Seth, déjala como está. Me molan muchísimo tus nuevas canciones, tronco, son la caña.

Miré hacia donde venía la voz, y vi cómo se levantaba un joven de detrás del panteón de los Wallis. A la luz de la luna y las farolas se distinguían chaqueta de cuero, gafas de sol, tupé interminable, patillas con forma de hacha y una botella de bourbon en la mano derecha. Nunca había pensado que mi pop melódico podría atraer a ese tipo de gente, pero me había llamado por mi nombre, y no había confusión posible.

-¿Quieres grabarme una psicofonía? Caramba, qué ilusión. Espero que mi voz suene bien, no sé si la acústica de este sitio es muy buena.

-¿Sabes, tío?, yo le doy a la batería, y un colega mío maneja la guitarra cosa fina. Vamos a dejar tus canciones, que de esta triunfan seguro.

-Bueno, je je, luego te digo cómo va la parte instrumental. Dime, ¿cómo es que me conoces? Yo nunca tuve muchos seguidores, y a ti no te recuerdo.

-Mi churri, que me pasó tu disco. Tío, “Amor insomne” es un temazo, no sé cómo no llegó al número uno.

-Intereses comerciales, son todo intereses comerciales. Bien, estoy dispuesto, cuando quieras empiezo. Por cierto, no sé tu nombre.

-Llámame Chuck. Espera que rebobine la cinta… A ver… Ya está, grabando.

El aire, las aves y los demás fantasmas enmudecieron mientras yo cantaba. La luna y las estrellas brillaban como cuando yo era joven y me decían que el mundo sería mío, los cipreses elevaban sus dedos al cielo en mi honor y hasta las estatuas de mármol parecían sonreír. Nunca mi voz había sonado tan clara, tan potente, tan alejada de los estragos de las drogas y el alcohol. Mientras las notas fluían, me dejé llevar, e imaginé bellas mujeres peregrinando a mi tumba, y sesudos críticos reconociendo sus errores.


-¡Genial, tronco! -dijo Chuck, nada más pulsar la tecla de “stop” -. ¡Esto va a quedar de la hostia! ¡Joder, cómo van a flipar el Johnny y el Terry cuando lo oigan!

-Muchas gracias. Hacía tiempo que no me sentía tan bien. ¿Tienes unas partituras a mano, para que te ponga el acompañamiento?

-Pues no, tío, no suelo llevar encima. Mira, ¿te vale este cartel? Es de un concierto al que fui el otro día.

Chuck bebió unos generosos tragos de su botella mientras yo desplegaba el armadillo de papel que me pasó y, con un lápiz de punta roma, garabateaba algo que no sé si podría pasar por notas y pentagramas.

-Bueno, pues ha sido un placer. No te olvides de volver para enseñarme cómo ha quedado.

-Trato hecho, tío.

Elevé la mano derecha para despedirme de Chuck. Por primera vez desde mi entrada en el cementerio, el fantasma de Lady Julia me estaba poniendo ojitos tiernos, y en mi manual nunca había estado el perder una ocasión así.

-¡Oye, oye, espera! ¡No te vayas!

-¿Qué quieres?

-Seth, tronco, necesito que me hagas un favor.

-¿El qué?

-Tío, seguro que tú te llevas dabuti con Roger Blast. ¿A que sí?

Y entonces me di cuenta. Los seguidores de Mythic que peregrinaban a la tumba de su cantante iban a menudo vestidos de la misma manera que Chuck, e incluso traían a menudo botellas de bourbon de la misma marca. Algunos venían luego por la noche para grabarle psicofonías, sin éxito. Todo encajaba como las piezas de un rompecabezas, no sé cómo no me di cuenta hasta ese momento.


-Tú eso lo que quieres en realidad, ¿no? Me has usado para intentar acercarte a él, ¿no?

-Joder, tronco, tampoco te pongas así. Tu música me mola, pero la suya también. ¿Qué hay de malo en eso?

-No, nada, absolutamente nada. Estaría muy bien si fuera así de verdad.

-¡Tío, que lo es! ¡Tus canciones son de puta madre!

-Si tanto le gusto a tu “churri”, ¿cómo es que no ha venido contigo?

-¡No me vengas con esas ahora, hombre! ¡Joder, y yo que pensaba que, siendo un muerto de hambre, serías un tío enrollado!

-Ah, vale, ya he tenido suficiente. Desaparece de mi vista, babosa.

-¡Tío, joder, que no he querido decir…!

Sin esperar a que Chuck pronunciara una palabra más, fui adonde estaba Lady Julia, que me seguía mirando con ojos receptivos, y estuve hablando con ella durante horas.

Por supuesto, me cuidé mucho de contarle la verdad.

lunes, mayo 11, 2009

LA ÚLTIMA VISITA

Los tanques y los soldados por fin se habían ido de las calles, y cielo ya no traía el inconfundible zumbido de los bombarderos, pero la ciudad era montones de escombros, y personas de todas las edades buscando comida entre las ruinas. El Museo Arqueológico, con su impresionante colección de estatuas griegas y romanas, había sido una de las joyas de Ullevia, y el profesor Osvald, su director, se preguntaba qué quedaría de él después de la batalla. La ciudad había sido evacuada antes de los combates, y él se había pasado las últimas semanas en casa de su hermano, llorando en silencio cada vez que veía las imágenes de la televisión.


El museo había sufrido mucho. La planta superior era cascotes, vigas rotas y tuberías retorcidas, y lo poco que quedaba del techo amenazaba caída. El piso de abajo estaba mejor, aunque las bombas habían abierto numerosos boquetes, y Osvald se limpió las gafas contento, imaginándose las estatuas de nuevo en sus puestos, y el público admirándolas y olvidándose, durante unos preciosos minutos, de la barbarie. Pero la sonrisa se le heló cuando regresaron los conservadores que había mandado al sótano.

Muy poco quedaba de los tesoros que habían guardado allí antes de la evacuación. Brazos y piernas que en otra época fueron de Venus, Apolo o Julio César, una cabeza de Artemisa sin nariz ni orejas, vasijas rotas, puntas de sílex partidas por la mitad, recipientes metálicos cosidos a balazos, papiros quemados, esquirlas de mármol o terracota imposibles de clasificar. El resto había desaparecido. De las estatuas de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, que en otra época habían dado tanto prestigio al museo, sólo quedaba el recuerdo.

El profesor Osvald fue a su antiguo despacho, donde le habían colocado los restos de una mesa y una silla, y cuando por fin estuvo solo escondió la cara entre sus manos. El museo tendría que cerrar, claro, y a él le tocaría despedir a sus empleados uno por uno, darles un apretón de manos y una palmada en la espalda, y prometerles que contaría con ellos en cuanto regresaran las estatuas. Lo que él mismo sabía que era quimérico.

Ya había caído la tarde cuando una dulce voz de mujer le sacó de su ensimismamiento.
Era Inga, una maestra de lo que quedaba del colegio público de Ullevia. Antes de la guerra, las risas y correrías de sus niños eran una presencia habitual en el lugar, y ella había venido a ver si podría traerlos de nuevo. Vestía de negro y el anillo de casada ya no estaba en su mano. Su antes amplia sonrisa ahora era un leve trazo sin brillo.

El profesor no pudo contarle la verdad, y quedaron que la visita sería el miércoles siguiente.

No tardó el gobierno en mandar la orden de cierre. La planta baja del museo se convertiría en una dependencia ministerial, una oficina de algo relacionado con la recaudación de impuestos. El profesor Osvald reunió a los guardianes, conservadores y administrativos, y les contó la noticia. Fue tan triste como había previsto. El desalojo sería el viernes, hasta entonces dispondrían de un poco de tiempo para despedirse de la que había sido su casa.

El lunes estuvo pensando en la visita de la clase de de Inga, y llamó de nuevo a los empleados. Los necesitaba a todos para llevar una idea loca adelante.


Dos días más tarde, las salas de la planta baja del museo se llenaron de nuevo con los grititos y los juegos de los niños. Estaban más delgados pero correteaban entre las estatuas igual que antes, mientras Inga las miraba entre divertida y emocionada, y contaba historias de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, de las misma manera que en los tiempos felices. El profesor Osvald, irreconocible dentro de varias capas de maquillaje y de unas telas pintadas de bronce, lo pasaba mal para permanecer inmóvil encima de la caja que tenía como pedestal, con un brazo en alto y otro sujetando una lira a la manera del emperador Nerón, pero era un sufrimiento que vaya si merecía la pena. Un niño se quedó mirándolo, con los ojos redondos, otros estuvieron minutos delante del gordo Lars, que había sido escogido por sus bucles dorados para hacer de Alejandro Magno, de Susan, que recreaba una Venus que antiguamente no había tenido brazos, o del desgarbado Gus, que amenazaba truenos desde su pedestal de Zeus. Justo antes de dar la visita por terminada, Inga se acercó a la estatua de Nerón, y en voz casi inaudible le dio las gracias. Le faltaba muy poco para echarse a llorar.

Esa noche, el gordo Lars se trajo unas botellas de licor de su casa, que habían sobrevivido milagrosamente la guerra, y todos los empleados del museo se emborracharon. Incluso el profesor Osvald, que era abstemio.

lunes, mayo 04, 2009

FOTOS DE CARNET

El fotomatón le resulta algo extraño, hay tocas y alzacuellos entre la galería de rostros sonrientes de la publicidad, pero es domingo por la noche, no hay más en el barrio y Roberto tiene que sacarse unas fotos ya. Típico de mí, no darme cuenta hasta hoy de que el pasaporte está caducado, se dice mientras se mete dentro y corre la cortinilla. En fin, mañana me levanto rayando el alba para ir a la comisaría, me lo hacen en un momento, y podré coger el avión de las diez para Nueva York. Menos mal que se me ocurrió comprobarlo, antes de preparar la maleta.

Roberto echa unas monedas, y mira distraído la pantalla. No creo que el trasto este me saque ni medio bien, pero no importa. Estaría gracioso que los de aduanas me prohibieran la entrada por eso, y me perdiera la ceremonia de graduación de Andrea. Sí, tronchante, y prefiere no imaginar la cólera de su hija, ni las sonrisas condescendientes de su ex-mujer y del lerdo con el que vive ahora.


-Ave María purísima –dice una voz que parece proceder de la pantalla.

A Roberto le falta poco para contestar sin pecado concebida.

-Bueno, hijo, ¿en qué has pecado últimamente?

-¿Cómo? ¿Es a mí?

-No veo a nadie más aquí. A ver, empieza: “bendígame, padre, porque he pecado”.

-¿Qué clase de broma es esta? –Roberto peina el interior de la cabina con la mirada, no encuentra ninguna cámara oculta -. Oiga, yo he venido aquí a sacarme unas fotos.

-Claro, y a confesarte.

-Las narices. Yo soy agnóstico, así que va a ser que no. Por favor, haga su trabajo, que mañana tengo que renovarme el pasaporte sin falta.

-Vaya, qué contrariedad. En este fotomatón, la penitencia previa es un requisito indispensable. A ver, hijo, ¿has faltado al sexto mandamiento?

Roberto mira una placa con las instrucciones de uso, y comprueba que lo que le dice la voz es cierto. Maldita sea, no haberme dado cuenta ayer, o antes de ayer, me habría ido al estudio de Mariano y tendría el problema resuelto. Mierda, por qué las tiendas no abrirán en domingo.

-Ay, se me ha olvidado. Antes de que empieces, mira, tienes un aparatito debajo del asiento. Sí, ahí, cógelo. Ahora ponte el guante en la mano derecha. No te preocupes, es de talla universal.

-Pero, ¿qué es esto? –pregunta Roberto, encolerizado -. Oiga, sáqueme las fotos, y déjese de tonterías.

-Ah, nada, un poligrafito. Es que no eres consciente de los embustes que nos intentan colocar algunos. ¿Sabes, hijo?, el otro día un joven me dijo que había matado al caballo blanco de Santiago. Qué picaruelo, je je.

-¡No tengo la menor intención de ponérmelo! ¡Esto es un atropello!

-Pues a ver dónde te vas a poder hacértelas. A ver, hay una dentro del Carrefour, pero lo domingos cierran… Mmmm, me suena que la cabina que había en Colón la quitaron…

Roberto recuerda la cara de sardónico desprecio de su ex–mujer la última vez que él tuvo un despiste, no puede permitirse faltar a la ceremonia de graduación de Andrea. No hay otra solución que ceñirse el guante.

-Bendígame, padre, porque he pecado- murmura entre dientes.

El detector es asombrosamente efectivo, no deja escapar ni una sola mentirijilla u omisión, y sus pitidos son de lo más irritantes. Roberto se ve obligado a enumerar todas las faltas a los mandamientos que ha cometido, casi desde la primera comunión. El calvario dura una hora, que parece la Vida Eterna.


Terminada la confesión, la pantalla suelta cuatro destellos, y Roberto siente un gran alivio.

Abandona de la cabina, y espera que aparezcan las fotos por la ranura de salida. Y, casi al instante, vuelve al interior con la tira, y con las venas del cuello hinchadas.

-¿Qué es esto? ¡Aquí no hay fotos, me ha puesto las oraciones que tengo que rezar!

-Ay, sí, hijo. Es que las voy a pegar en el informe que voy a mandar a tu parroquia. Menos mal que has venido porque, con tu historial, te ibas derechito al Infierno.

Roberto sale de nuevo, y se pone a pegar patadas a las paredes de la máquina. Suelta horribles improperios. Al sexto, se abre una portezuela en la parte de atrás, y surge un cura con sotana y porra eléctrica.

-Ah, qué gusto. Cada vez es más divertido, esto de salvar almas– Roberto oye la voz del sacerdote lejana, como entre brumas, mientras él se retuerce en el suelo e intenta quitarse de encima los voltios que recorren su cuerpo.

lunes, abril 27, 2009

DEPILACIÓN DEFINITIVA

Desde que se abrió el centro estético, a escasos metros del mirador de su casa, a la señora Ildefonsa le extrañó que sólo fueran hombres a hacerse las depilaciones láser que se anunciaban en su escaparate traslúcido. De vez en cuando, alguna mujer entraba en la tienda, pero salía poco después con el rostro avinagrado, y ya no volvía a aparecer por las inmediaciones. La señora Ildefonsa, que se pasaba los días entre las rosas y los claveles del balcón, haciendo punto o enfrascada en alguna novela de terror, estaba muy intrigada, y le daba mucha pena no tener a nadie con quien comentar el misterio.


Un lunes en que le tocaba ir a la mercería, la anciana cogió el carrito y el bastón, preparó una excusa mientras bajaba por el ascensor, estuvo unos segundos dubitativa delante de la puerta del establecimiento, y finalmente entró. No pudo ver mucho, ya que las cabinas de depilación estaban separadas de la sala principal mediante paneles de cristal esmerilado, y una sonriente señorita, vestida de blanco inmaculado y con una minifalda infinitesimal, se encargó de cortarle el paso y de taparle la mayor parte de la vista, pero hubo algo que le llamó la atención. Las paredes no estaban decoradas con cuadros abstractos como en la consulta de su dentista, sino con fotos a todo color. Y, de ellas, la única que no era de lobos contenía una enorme luna llena.

Según era amablemente forzada a abandonar la sala, la señora Ildefonsa se encontró de frente con los ojos rasgados de un hombre que entraba. Y su mirada la siguió mientras ella caminaba por la calle hacia el tienda y, al volver a su portal, la anciana tuvo la sensación de que la tenía a su espalda.

Cuando fue a la comisaría, los policías se rieron de ella. Hombres lobo haciéndose depilaciones láser, qué ocurrencia. ¿Y qué más puede que haya allí, buena señora? ¿Vampiros estirándose la piel, momias quitándose las arrugas? No se preocupe, que ahora mandamos a Mulder y a Scully, ya verá cómo al natural son mucho más simpáticos que en la tele.


La señora no se dio por vencida, y mantuvo su textil vigilancia del centro estético. Con una cámara que había sido de su abuelo, sacó un reportaje de la clientela y, en cuanto tuvo los daguerrotipos en sus manos, fue con ellos a la estación de policía.

El recibimiento no varió, pese a las pruebas documentales. Qué tal, doña Ildefonsa. ¿Todavía sigue con sus historias? Inspector Fenris, la chiflada que le comentamos el otro día ha vuelto. Acérquese y escuche lo que está diciendo. Se va a partir de risa.

El bastón de La señora Ildefonsa tembló y acabó cayendo al suelo. Los ojos del inspector eran los mismos que la habían horadado en el centro estético.

La anciana se encerró en su casa la siguiente noche de luna llena. Reforzó la puerta de entrada con unas cuñas de goma y bajó todas las persianas, aunque poca protección ofrecerían las láminas de plástico frente a un ataque decidido. Se fue al salón, e intentó distraerse con la tele, pero era imposible. Sus manos estaban demasiado inquietas como para terminar el jersey que tenía por la mitad. Le bastaba oír el ladrido de un perro para que su rostro adquiriera el color de la cera.

Pasaron unas horas, la señora Ildefonsa cenó, se cambió de ropa, rezó unas oraciones y se dispuso a meterse en la cama. Y entonces, una detonación que venía de la entrada la alertó.

Salió de su habitación, y pegó un grito. La puerta estaba abierta de par en par, y dos hombres a cuatro patas la amenazaban con sus fauces abiertas. El inspector Fenris y otro, aunque este último se puso a inspeccionar las habitaciones. Sus orejas y sus narices eran muy puntiagudas, mucho más de lo que la anciana recordaba en el policía, y las uñas de sus manos habían adquirido un tamaño desmesurado, pero no tenían vello facial y la ropa que llevaban era elástica y no se había roto en la transformación. De haber estado erguidos, habrían podido pasar por seres humanos.

La señora Ildefonsa elevó el bastón, pero el inspector se levantó, se lo arrebató de un manotazo y se puso a gruñir. La anciana vio cercano el momento de su muerte.


-Me gustan mucho estos jerséis. Fenris, fíjate en lo bien hechas que están las lazadas –el segundo licántropo había vuelto, y traía consigo una pila de prendas de punto -. ¿Son para sus nietos?

-No, yo no tengo- tartamudeó la señora Ildefonsa -. Los hago para las misiones.

-¿Le puedo encargar uno? Llevaba siglos buscando uno así, no sabe lo mal que está la moda últimamente.

-¡Akela, no podemos dejarla viva! –gruñó el inspector Fenris -. ¡Esta señora nos denunció el otro día, y podría crearnos muchos problemas!

-No te pongas así, hombre, seguro que con un poco de buena voluntad encontramos una solución.

-¡Siempre estás igual! ¡Si todos nosotros fuéramos como tú, seguro que nos daban el Nóbel de la paz!

-Ay, siempre tan sarcástico. Ya está. Señora Ildefonsa, si la transformáramos en uno de los nuestros, ¿nos vendería baratos sus jerséis?

-Se los daría gratis. Seguro que les quedan mucho mejor que a los negritos.

-Akela, esto es inconcebible –dijo el inspector Fenris -. No hemos venido aquí para…

-¡Tú a callar, que para eso yo soy el jefe del comando! Señora, muéstreme su cuello, por favor.

-Una pregunta –dijo la anciana, con los ojos como platos -. Una vez que sea una de ustedes, ¿me dejarán entrar en el centro estético?

lunes, abril 20, 2009

POR UNA BUENA CAUSA

El cigarrillo estuvo a punto de caérseme de los labios cuando ella entró en la comisaría. Sí, conocía su rostro y sus kilométricas piernas de las revistas que mi mujer escamoteaba de la peluquería, pero una cosa era verla de reojillo en las fotos de una publicación execrable, y otra bien distinta tenerla delante al natural, con las rodillas a tiro de mano audaz, los volúmenes que su vestido de terciopelo rojo dejaba entrever, su cuidadísima melena rubia, sus lentillas del color de la perdición, y el perfume de flores letales con que me acribillaba.

Le indiqué que pasara a mi despacho, haciendo caso omiso a los ceños fruncidos de mis compañeros y, mientras la acompañaba, hice memoria de lo que sabía de ella.
Coral Cagafresa, aunque prefería ser conocida sólo por su nombre de pila. Era hija y heredera única de un riquísimo empresario del sector de la construcción, quien desde muy niña le había consentido todos los caprichos. Ahora iba de novio en novio como quien cambia de camisón, decía insensateces en todos los programas de televisión que se lo permitían y, de vez en cuando, intentaba sacar adelante alguna línea de cosméticos pretendidamente suya, o un disco de música desafinada por ella.

-Bien, señorita Cagafresa, ¿qué puedo hacer por usted?

-Coral, llámame Coral. Inspector…

-Gómez. Lo pone en la puerta. Disculpe, pero no se puede fumar aquí.

La rubia se guardó la pitillera de plata, y ondeó su melena.

-Inspector Gómez, de un tiempo a esta parte, estoy siendo objeto de un acoso incesante por parte de las malvadas monjitas del convento de Santa Piluca.


-Un segundo -busqué entre el revoltijo de mi mesa un cuaderno y un bolígrafo -. Bien, y ahora cuénteme.

-Me sacan fotos a traición, y las venden luego a las revistas. Por su culpa, toda España está enterada de mi vida sentimental. ¿Viste unas en las que estaba besándome con el pocholín del barón Groskartofel? Ay, pues fue la hermana Lucrecia.

-Si, las vi. Pues lo siento, pero…

-¡Esas me las sacaron en la calle, pero hay muchas que no! ¿Te lo puedes creer? A veces escalan la tapia de mi jardín, engatusan a los rotweilers con unas yemitas de su convento, se esconden entre los muebles de mi casa y, para cuando me doy cuenta, ya me han sacado un reportaje en tanga de leopardo. ¿Te gustan los tangas de leopardo, inspectorcín?

-Señorita, le recuerdo que está prohibido fumar en este edificio. Bueno, si de verdad quiere tener el cigarrillo entre los labios, pero sin encenderlo, eso puede.

-Eres tan bueno, Gomecín. ¿Verdad que te vas a portar bien, y me vas a quitar a esas entrometidas de encima?

Un trueno de muchos pasos sacó mis ojos del cruce de piernas de Coral Cagafresa.

-¡Señor inspector, no puede hacer eso! ¡Las misiones de nuestra orden son la única esperanza para los niños del África Tropical, si nos corta la financiación se van a ir todos al Infierno!


Quien decía eso era una religiosa de nariz aguileña, gafas de montura redonda y brazos en agitación continua, que había entrado escoltada por unos diez chiquillos de raza negra. Estos estaban descalzos e iban vestidos con el traje típico de a saber qué tribu salvaje.
-¡Oiga, usted no puede...

Los niños se pusieron a cantar a plena voz, y me ahogaron la frase en la mitad. Hay que reconocer que lo hacían muy bien, las armonías estaban muy conseguidas y no se echaba en falta a ningún instrumento. Ni intenté interrumpirlos.

-Soy sor Micaela, madre superiora del convento de Santa Piluca –dijo la monja, una vez hubo acabado el himno -. Estos niños pertenecen al coro de nuestra misión de Swazilandia, que está de gira por aquí.

-Encantado –contesté.

-Con lo que las revistas nos dan por esas fotos construimos escuelas, hospitales, centros culturales y hasta alguna capillita en honor a nuestra patrona. Señorita, si tuviera algo de caridad cristiana estaría muy orgullosa de lo que está consiguiendo.
Coral Cagafresa intentó responder, se lo impidió un nuevo y angelical cántico.

-¿QUÉ ES ESTE ESTRUENDO? ¡TODO EL MUNDO FUERA DE AQUÍ! –el comisario Fuentecilla, entre cuyas múltiples no se encontraba la sensibilidad musical, entró en el despacho hecho un basilisco, y vació el ambiente de corcheas y pentagramas.
Diez minutos más tarde, allí sólo quedábamos la rubia, sus piernas y yo.

-Gomecito, mira qué buen sabor tiene este cigarrillo, aunque no me dejes encenderlo –puso entre mis labios un pitillo que había estado en los suyos -. ¿Me vas a ayudar contra esas harpías? Ay, eres tan atractivo.

No pude responder, ella me acribillaba con su mirada de mujer fatal y tiraba de mi corbata con su mano derecha.

-Soy muy celosa de mi intimidad. ¿Verdad que lo comprendes?

Sus labios se aproximaron peligrosamente a los míos, me estremecí al sentir el roce y, justo entonces, el súbito destello de un flash me deslumbró el ojo izquierdo.

-¡Ya está! ¡Han quedado los dos de lo más favorecidos!

Fue visto y no visto, la sonriente cabeza de monja desapareció de la ventana y, cuando yo llegué, la religiosa había terminado de bajarse de una escalera de mano que estaba apoyada en la fachada, y corría hacia una vespa, donde la esperaba una compañera. Ninguna de las dos llevaba casco.


-¿Has visto, querido? Esas…

-Señorita Cagafresa, esto cambia radicalmente la situación. Yo soy un hombre casado, y no pienso arriesgar mi matrimonio por usted.

-Pero, pichoncito…

-Ni pichoncito ni nada. Salvo que esté muy equivocado, las monjas me van a hacer chantaje y, en esas condiciones, ya puede imaginarse lo que me voy a esforzar en que le dejen en paz a usted. Así que muchas gracias por su visita, pero tengo muchas cosas que hacer.

La espectacular rubia se levantó de mi mesa y, tras un último ondeo de su melena, partió hacia la salida.

-¡Está usted muy guapa en las fotos de las revistas! –le dije, según cruzaba la puerta de mi despacho- . ¡Ánimo, ya verá como se acostumbra!

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