viernes, octubre 30, 2009

EL MALDITO PSICOTÉCNICO

Las puertas batientes de la Taberna de la calavera rota se abren de repente, y los parroquianos escudriñan al recién llegado a través de la atmósfera de fritanga y tabaco de pipa. Un loro aletea sobre el hombro de su dueño, un cuervo negro grazna una canción de muertos y tesoros. El recién llegado no desentona con el ambiente, tiene el rostro cosido a cicatrices y sus brazos están formados por músculos y tatuajes. Los parroquianos vuelven a sus bebidas mientras el recién llegado se dirige a la barra.

-¿Qué tal, Flint? –le saluda el viejo Ben, el dueño de la taberna-. ¿Cómo te va con la oposición?

-¡Me han vuelto a tirar en el psicotécnico! –Flint golpea un taburete con su pata de palo -. ¡Es inútil, nunca conseguiré dejar mi maldito bote pesquero!

-No lo entiendo, con lo bien preparado que ibas.

-¡Me sé el código de los hermanos de la costa al dedillo, domino las técnicas de abordaje, te puedo recitar de carrerilla todos los ríos de la Isla Tortuga, y soy el mejor en esgrima con alfanje! ¡Para esto!



-Y dicen que el año que viene sacarán menos plazas de pirata –eleva su cavernosa voz el capitán Coffin-. Por la crisis, dicen.

Un murmullo de reprobación se une a los graznidos de las aves de compañía. Qué poco se valora a los bucaneros hoy en día, con lo importantes que éramos en los tiempos del viejo rey, a dónde vamos a llegar, menudo desastre, ya verás tú cómo ahora pretenden quitarnos los trienios. El tuerto Patch se levanta de su asiento y da una palmada a la espalda de Flint.

-Vamos, grumete, dime lo que quieres que yo invito.

-Un zumo de melocotón, por favor.

Se hace el silencio en la Taberna de la Calavera Rota. Los parroquianos giran sus rostros hacia el recién llegado, quien hace como que tiene la mirada fija en los timones de la pared.

viernes, octubre 09, 2009

UN ANIMAL EN LA BAÑERA

Ramón cree que está todavía en el mundo de los sueños cuando se encuentra con ese hipopótamo. El zumbido del despertador-torturador ha sido tan irritante como siempre, y él arrastra los pies igual que las demás infames madrugadas de día laborable, pero esta vez le es imposible quitarse las legañas y empezar a ser persona bajo un chorro salvador de agua caliente. Y no porque tenga dificultad alguna en cruzar la puerta del cuarto de baño, ni en acceder al lavabo ni al retrete, sino porque la bañera está ocupada por un paquidermo que chapotea en el agua y que tiene un aspecto de lo más feliz, y al que Ramón no conoce de nada.


-No te preocupes, es de lo más pacífico –le explica su compañero de piso, que trabaja en un club de tenis donde tiene todas las duchas a su disposición-. Si le dejas estar a sus anchas, es un amor, incluso se deja acariciar. Toca, toca, ya verás qué piel más suave.

Ramón roza con los dedos al animal y, mientras, su compañero de piso le explica que lo tenía en la piscina municipal, pero que la han cerrado al haberse acabado el verano y que lo ha traído a casa, claro. El animal emite un gruñido que parece un ronroneo, y el compañero mira a Ramón con una expresión angelical. Este no tiene muchas ganas de devolver la sonrisa: estaría encantado de alojar al bicho si el piso tuviera un segundo cuarto de baño, donde él pudiera quitarse ese olor corporal que está tan mal visto en el banco donde trabaja. Pero esa premisa no se cumple.

Vacía un bote de desodorante antes de vestirse. Algo le dice que no será suficiente.

A la vuelta, con una regañina de su jefe en el cuerpo, Ramón se encuentra con su vecina de abajo, quien se queja de unas humedades que le han surgido en el techo. Insiste tanto que no le queda más remedio que dejarla entrar en su cuarto de baño, ella se queda fascinada al ver al hipopótamo chapoteador. Es zoóloga.

No, no puede dejar a Ramón usar su ducha. Qué iban a pensar su esposo y los demás habitantes del bloque. Por Dios.

La vecina viene todos los días a estudiar las costumbres del animalito, y le suele traer juguetes acuáticos. De vez en cuando comenta que las humedades están aumentando a pasos agigantados, pero ya no es en tono de protesta. Es bizca, tiene tipo de armario y su voz parece la de un grajo, pero Ramón necesita tanto su ducha que le resulta atractiva. Le envía tórridos mensajes de amor, cajas de golosinas integrales y hasta un perfume que recuerda a la sabana africana. Su pasión aumenta de manera proporcional a las broncas de su jefe.


Una noche de lluvia, Ramón vuelve del trabajo y se encuentra con su piso hecho una ruina. El suelo del lavabo ya no está, y Ramón ve al hipopótamo chapoteando en la bañera de la zóologa, entre un montón de escombros que no parecen molestar lo más mínimo. La vecina está desafinando una canción a su nueva mascota, que hace divertidas cabriolas dentro de su baño de espuma.

Ramón sonríe. Si aguanta en el trabajo hasta el final de la reconstrucción, volverá a la oficina limpio y sin apestar a desodorante y, quién sabe, puede que su jefe le deje de gritar.

Tenía un ramo de flores preparado para su vecina. Se lo guarda y, unos días más tarde, lo arroja por el hueco al hipopótamo, quien se lo come sin apenas saborearlo.

viernes, septiembre 18, 2009

A LAS DOCE, CALABAZAS

-¡Tíos, que la tenemos!

Chuck y el Birriazi entrechocan las palmas de sus manos, y Castro da un cuantioso trago a la botella de vodka antiplagas. Ha sido mucho más fácil de lo que pensaban. Un ataque por sorpresa, un pañuelo impregnado de cloroformo, y ahí la tienen, atada y amordazada en el maletero del coche. Vestida con su kilométrica túnica de lunas y estrellas y su sombrero puntiagudo, pero con su varita a salvo en la guantera, lejos de donde puede hacer daño.

Son las siete de la tarde, todavía quedan cinco horas para que los coches de Chuck, el Birriazi, Castro y el resto de los chicos de la clase se transformen. En teoría hay mucho tiempo para persuadirla a que rectifique, pero todo lo que saben los secuestradores lo han sacado de Internet, y en ninguna página se explica cómo quebrar la voluntad de un hada.


Un hada que nadie se explica a santo de qué tuvo que montar esa tienda.

En cuanto han descargado a la anciana y la han encerrado en el cobertizo viejo, los tres amigos se sientan en el suelo y apuran la botella de vodka antiplagas. La conversación es errática, tan pronto discuten sobre torturas como rememoran los hechos que condujeron a esta situación.

Al principio, cayó bien su negocio de coches usados para adolescentes. Los precios eran bajísimos, y los vehículos estaban en tan buen estado que no parecían venir de desguaces o cementerios. La noticia corrió como reguero de pólvora, y los padres con hijos universitarios fueron allí a satisfacer las necesidades de sus retoños. Había algo extraño en cómo no paraban de sonreír.

Los chicos supieron la razón la siguiente noche de viernes.

Llevaban semanas, meses deseando poder ir a la discoteca en coche propio, y cuando salieron de sus clases tomaron todos la carretera, llenándola de acelerones y frenazos y chirridos de ruedas, un circo multicolor de carrocerías chillonas y altavoces vomitando música siderúrgica. Tras truculentas pugnas por las escasas plazas de aparcamiento de la zona, entraron en el local, bailaron y bebieron como posesos, y a la salida creyeron ser víctimas de una alucinación colectiva.


Pero, ¿es que no te leíste el manual de instrucciones del coche?, les respondieron sus padres cuando, a la mañana después, cansados y humillados por haber tenido que volver en transporte público, les contaron los hechos. Aquí dice que, si el coche no está en su plaza de garaje o sitio habitual a las doce de la noche, se convertirá en calabaza. ¿Es que no lo ves? Hijo, deberías aprender a fijarte en las cosas, un día de estos vas a perder el seso. ¿Qué me dices, que a Luis Antonio los ladrones de frutas le han robado su Panda? Vaya lo siento, pero tú comprenderás que yo no puedo hacer nada al respecto. Espero que tengas buen cuidado de que no te pase lo mismo.

La noche volvió a su sosiego habitual, y el negocio del hada prosperó, hasta el punto de que empezó a recibir encargos desde ciudades muy lejanas. Los chicos se seguían sacando el carnet de conducir, pero muchos se echaban a llorar en los hombros de los examinadores.

Terminada la conversación tras el último trago de vodka, Chuck aparta la botella de una patada, y los tres entran en el cobertizo con andares copiados de películas del Oeste.

Ninguno de los tormentos parece surtir efecto. Ni las palizas, ni las quemaduras hechas con cigarrillos, ni las descargas procedentes de la batería del coche, ni los sutiles métodos psicológicos con los que la KGB derrumbaba a sus víctimas. El hada sigue impertérrita, sus heridas cicatrizan al instante y los moratones le duran minutos.

Cuando ya sólo queda un cuarto de hora para que se ejecute la maldición diaria, la anciana escruta el reloj de Castro, se pone a pegar gritos cuando advierte la presencia de la motosierra que este trajo cinco minutos atrás, y pide entre sollozos que le dejen marchar. Los secuestradores se miran entre sí.


-¿Vas a deshacer el hechizo, tronca? –pregunta el Birriazi.

-Sí, sí, lo prometo. Lo juro por el espíritu de Albus Dumbledore y por el árbol donde encerraron a Merlín. Por favor, no me hagáis más daño.

-Si mañana nuestros coches vuelven a transformarse en espantajos, te busco donde sea y te mato.

-No, no. Vuestros coches no cambiarán, ni mañana ni ningún otro día.

-¿Os lo creéis?

-Es que no nos queda otra, macho –responde Chuck.

El Birriazi desata las manos a la anciana y le devuelve la varita. Mientras ella murmura unas frases apenas audibles, un bate, un puño americano y una motosierra apuntan a su corazón. Luego le vuelven a dejar como estaba, y esperan. Cuando llegan las doce, los jóvenes salen del cobertizo, y se ponen a pegar botes al comprobar que el coche permanece constante. Abren una botella de ginebra venenosa, y se la pimplan entre risotadas y música atronadora. Sueltan al hada, quien desaparece al instante.

Poco después, los tres chicos empiezan a sufrir convulsiones, y a retorcerse en el suelo.

A primera hora de la mañana siguiente, aparece por ahí una banda de ladrones de frutas. Encuentran al lado de un automóvil vacío, y en medio de unos jirones de ropa abandonada, tres calabazas que están diciendo cómeme. Sonríen.

miércoles, septiembre 09, 2009

UNA CITA CINEMATOGRÁFICA

- Hay que resistirse a cualquier hábito que haga que el fluido sexual se descargue. Los médicos lo asocian a toda una serie de enfermedades que incluyen la ceguera, la demencia, la epilepsia, incluso la muerte.

- ¿Y si ocurre mientras duermes?

- La pérdida de tres centilitros de líquido seminal equivale a la pérdida de un litro de sangre.

- Me estoy suicidando sin estar despierto. ¿Qué se puede hacer?

- Haz bien de vientre, lee el Sermón de la Montaña, siéntate con los testículos sumergidos en un cuenco de agua fría, piensa en el amor puro de tu madre… ¿Y si rezamos?

Kinsey. Bill Condon (2004)

martes, septiembre 01, 2009

VAYA CON LAS ESTATUAS



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