EL PROFESOR
En esto, suenan unos tímidos toquecillos en la puerta de su despacho. Tras el preceptivo adelante del profesor, se abre esta, y entra una alumna con cara de asustada.
Y el profesor siente cómo su corazón redobla furiosamente, y luego se hiela. Esa chica que acaba de introducirse en la habitación es Laura. Laura Monte, del tercero c, de ojos grandes y serenos y sonrisa devastadora. Y de voz alegre y juguetona a la vez que sencilla, proporciones deliciosas, y una piel radiante que el profesor se pasaría toda la vida besando. Si, como ella, tuviera dieciséis años. Si no fuera una persona madura y responsable, obligada, por aquello de las malditas barreras deontológicas, a ocultar sus sentimientos tras una máscara de indiferencia, y a desviar la mirada para no tenerla fija en ella más allá de lo decoroso.
Y ahora la tiene aquí, preguntándole por un problema de geometría, cuya resolución en clase no ha entendido. Haciendo uso, por primera vez desde que es alumna suya, de una de las horas de tutoría. El profesor guarda los exámenes en un cajón, invita a la chica a sentarse, saca unas hojas en blanco, y escribe con su bolígrafo los datos de partida.
La siguiente media hora pasa en una nube para el profesor. En un etéreo y resplandeciente mosaico de fórmulas y teoremas, de luminosos destellos de esmeralda, algunos intrigados, otros alegres y triunfantes, de frases de duda, ánimo o felicitación, e incluso de alguna risa de tintineo semejante al de las mismísimas campanas del paraíso. Finalmente, aclarada la duda, la joven se levanta, y el profesor siente cómo nuevamente le invade la melancolía.
-¿Sabe, don Luis? –Laura se vuelve sobre sus pasos antes de cruzar la puerta -. Está usted muy guapo con ese jersey nuevo.
Y, cuando el profesor saca los exámenes del cajón y se pone a corregirlos, una sonrisa de oreja a oreja ilumina su rostro. Ya no le importan ni enmiendas, ni tachaduras ni jeroglíficos indescifrables, ahora todo es hermoso y los ejercicios hasta resplandecen.
Por supuesto que no va a pasar nada, se dice a sí mismo don Luis. No tiene sentido ni siquiera soñar, mañana todo volverá a la normalidad, pero hoy me ha dicho que estoy guapo con este jersey. ¡Ja! ¡A ver a cuántos de los demás miembros del claustro les ha soltado ese tipo de cumplidos. Laura. Laura Monte. Mi pequeña Laura.
Fuera, la tarde sigue plomiza, pero don Luis ve rayos de sol invisibles para los demás, y pájaros imaginarios trinan jubilosos sólo para él.




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