LA ARDILLA NUTTY
El contrato sólo le obligaba a acudir los días de partido, pero siempre se podía ver a la ardilla Nutty durante los entrenamientos del equipo, observando las evoluciones de las jugadoras desde un lateral del campo, haciendo carantoñas a los niños que se acercaban, o ensayando los numeritos cómicos que luego practicaba durante los partidos. Era un peluche regordete y vivaracho, con unos incisivos de tamaño cuartilla y una cola que parecía un rodillo de túnel de lavado, en cuyo interior se ganaba la vida César, un enano que amaba el baloncesto. Las jugadoras, en su mayor parte veteranas que habían enterrado sus sueños de triunfar en las grandes ligas, lo ignoraban cuando no le lanzaban burlas, pero eso no arredraba a César. El baloncesto es el último refugio de la épica, se decía a sí mismo cuando llegaba a su casa, y saboreando una cerveza se ponía a ver viejos partidos de Magic Johnson y Larry Bird. Aunque esas harpías se empeñen en agriarlo, hay algo hermoso en ese deporte, una nobleza que ya no se encuentra en ningún otro sitio. Y así se pasaba las horas, con la mirada fija en un Santo Grial que había adoptado forma de canasta.

Cuando se lesionó la segunda base, tuvieron que subir una niña del equipo filial. Silvia era pecosa y con hierros en los dientes, tenía muy buen manejo de balón y un tiro mortal desde la línea de seis veinticinco. Y, cuando le presentaron a la ardilla Nutty, le dedicó una sonrisa llena de hoyuelos, y luego plantó unos besos en la telas que le cubrían las mejillas. Y, a partir de entonces, ya no hubo otra jugadora para César. Observaba fascinado todos sus movimientos, jaleaba sus canastas con voz de falsete, y se entristecía cuando sus compañeras le negaban el balón en los entrenamientos, u obligaban a la entrenadora a sacarla muy poco durante los partidos.
A veces, cuando el campo se vaciaba, Silvia y César se cogían latas de refrescos en las máquinas expendedoras, y se quedaban hablando en las gradas. Y ella le contaba lo sola que se sentía desde que su novio la había abandonado, y las frecuentes discusiones con sus padres, que consideraban el baloncesto un juego de chicos, y lo mucho que le dolía la incomprensión del resto del equipo. Él la escuchaba, intentaba animarla, y callaba lo mucho que le gustaba estar con ella. Lo duro que se hacía luego el reencuentro con las paredes de su habitación, y con la vitrina llena de vídeos que ella jamás vería, y con la pequeña cama donde ella no cabía. Y lo poco que le servía, ahora, la compañía de las grandes leyendas que veía en su televisor.

Pasaron los meses, y llegó el día del gran partido. El equipo que ganara subiría a la División de Oro, el otro se quedaría, un año más, llorando sus penas en el purgatorio. Cuando César llegó al campo, y se disfrazó de ardilla Nutty, las jugadoras estaban ya entrenando, y la tensión se veía reflejada en sus rostros. Era lo más cerca que habían estado jamás de saborear la gloria, y sus brazos estaban agarrotados y se recriminaban mutuamente los fallos. Todas menos Silvia, a quienes sus compañeras apenas dejaban acercarse al balón.
El encuentro fue brusco, con muchas faltas y pocas canastas, ninguno de los equipos consiguió nunca una ventaja de más de cinco puntos sobre el otro. Las jugadoras y el público rugían, y los limpiadores entraban frecuentemente para quitar los charcos de sudor. A partir del tercer cuarto, Silvia empezó a salir al campo y, pese al desprecio de sus compañeras, metió algún punto.
A falta de cuatro segundos, el equipo rival ganaba de dos.
Y llegó la última jugada. Las aleros y las pivots intentaron entrar en la zona enemiga, no consiguieron abrirse camino a través de la defensa, y el balón salió rebotado adonde estaba Silvia, pegada a una de las líneas laterales y muy dentro de la zona de triple. Y un torreón de aspecto letal corrió por la banda para bloquear a la joven, y se encontró con una pequeña pata de ardilla, que la trastabilló. Nadie más aparte de la giganta se dio cuenta, y el pabellón entero contuvo la respiración mientras la pelota volaba de la mano de Silvia hacia el aro, y entraba limpiamente. Y los árbitros dieron por válida la canasta, haciendo caso omiso a las protestas del equipo derrotado.

César no se quedó a ver cómo las harpías a las que él había hecho campeonas abrazaban a Silvia, y la levantaban en vilo entre encendidas declaraciones de amor. En cuanto la bocina señaló el final del partido, fue al vestuario, se quitó el disfraz de ardilla por última vez y, mientras andaba por la calle, golpeó todas las latas de refresco que encontró en el suelo. Luego, una vez en su habitación, elevó un silencioso grito al cielo, pidió perdón a los carteles enmarcados de Magic Johnson y Larry Bird que colgaban de las paredes, y rompió a llorar.

Cuando se lesionó la segunda base, tuvieron que subir una niña del equipo filial. Silvia era pecosa y con hierros en los dientes, tenía muy buen manejo de balón y un tiro mortal desde la línea de seis veinticinco. Y, cuando le presentaron a la ardilla Nutty, le dedicó una sonrisa llena de hoyuelos, y luego plantó unos besos en la telas que le cubrían las mejillas. Y, a partir de entonces, ya no hubo otra jugadora para César. Observaba fascinado todos sus movimientos, jaleaba sus canastas con voz de falsete, y se entristecía cuando sus compañeras le negaban el balón en los entrenamientos, u obligaban a la entrenadora a sacarla muy poco durante los partidos.
A veces, cuando el campo se vaciaba, Silvia y César se cogían latas de refrescos en las máquinas expendedoras, y se quedaban hablando en las gradas. Y ella le contaba lo sola que se sentía desde que su novio la había abandonado, y las frecuentes discusiones con sus padres, que consideraban el baloncesto un juego de chicos, y lo mucho que le dolía la incomprensión del resto del equipo. Él la escuchaba, intentaba animarla, y callaba lo mucho que le gustaba estar con ella. Lo duro que se hacía luego el reencuentro con las paredes de su habitación, y con la vitrina llena de vídeos que ella jamás vería, y con la pequeña cama donde ella no cabía. Y lo poco que le servía, ahora, la compañía de las grandes leyendas que veía en su televisor.

Pasaron los meses, y llegó el día del gran partido. El equipo que ganara subiría a la División de Oro, el otro se quedaría, un año más, llorando sus penas en el purgatorio. Cuando César llegó al campo, y se disfrazó de ardilla Nutty, las jugadoras estaban ya entrenando, y la tensión se veía reflejada en sus rostros. Era lo más cerca que habían estado jamás de saborear la gloria, y sus brazos estaban agarrotados y se recriminaban mutuamente los fallos. Todas menos Silvia, a quienes sus compañeras apenas dejaban acercarse al balón.
El encuentro fue brusco, con muchas faltas y pocas canastas, ninguno de los equipos consiguió nunca una ventaja de más de cinco puntos sobre el otro. Las jugadoras y el público rugían, y los limpiadores entraban frecuentemente para quitar los charcos de sudor. A partir del tercer cuarto, Silvia empezó a salir al campo y, pese al desprecio de sus compañeras, metió algún punto.
A falta de cuatro segundos, el equipo rival ganaba de dos.
Y llegó la última jugada. Las aleros y las pivots intentaron entrar en la zona enemiga, no consiguieron abrirse camino a través de la defensa, y el balón salió rebotado adonde estaba Silvia, pegada a una de las líneas laterales y muy dentro de la zona de triple. Y un torreón de aspecto letal corrió por la banda para bloquear a la joven, y se encontró con una pequeña pata de ardilla, que la trastabilló. Nadie más aparte de la giganta se dio cuenta, y el pabellón entero contuvo la respiración mientras la pelota volaba de la mano de Silvia hacia el aro, y entraba limpiamente. Y los árbitros dieron por válida la canasta, haciendo caso omiso a las protestas del equipo derrotado.

César no se quedó a ver cómo las harpías a las que él había hecho campeonas abrazaban a Silvia, y la levantaban en vilo entre encendidas declaraciones de amor. En cuanto la bocina señaló el final del partido, fue al vestuario, se quitó el disfraz de ardilla por última vez y, mientras andaba por la calle, golpeó todas las latas de refresco que encontró en el suelo. Luego, una vez en su habitación, elevó un silencioso grito al cielo, pidió perdón a los carteles enmarcados de Magic Johnson y Larry Bird que colgaban de las paredes, y rompió a llorar.




3 comentarios:
Si admitimos la "mano de Dios" por qué no aceptar también la "pata del diablo". Muy buen relato.
Pobre Cesar, ¿que va ser de él ahora?. Una historia preciosa.
Me reafirmo en lo comentado antes, Kermit... qué gozada, tío, me encantan los conflictos que planteas. Mientras leía iba pensando que tal vez el punto de vista de la joven jugadora sería más intenso, desde dentro, viviendo el partido, pero luego todo cobra un poderosísimo sentido. Muy bueno.
Tal vez -valga de nuevo como opinión subjetiva- podrías haberte apasionado aún más tanto con el tipo de desprecio que le hacen al pobre enano (mostrando un par de situaciones), un par de veces dices que la desprecian a la nueva, pero tal vez sería más potente poner un par de ejemplos de esos desprecios.
De todos modos, me ha encantado. Tus historias son muy buenas, muy potentes. :) Me ha conmovido profundamente cómo el enano sacrifica aquello en lo que cree por aquella persona a la que quiere... buenísimo.
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