FLORES DE OTRO MUNDO
Clareaba el alba sobre la ciudad cuando el hombre lobo Juanín llegó, arrastrando los pies, al portal de su casa. Ya recuperado su aspecto humano, y vestido con la muda que había arrancado al contenedor de ropa para el Tercer Mundo, parecía un náufrago más de la noche, a punto de caer en los brazos de la resaca. El rostro del color de la cera, los ojos tan clavados en el suelo que parecía que iban a salírsele de las cuencas, los labios abiertos en un suspiro perpetuo, Juanín era un vivo contraste con las legiones de oficinistas madrugadores que alegraban las calles.
Buscó a tientas su llavero dentro del buzón de publicidad, lo encontró cuando ya empezaba a desesperarse, tuvo que empujar la puerta principal con su cuerpo, y subió al primer piso en el ascensor. Encendió la luz del descansillo, y negó con la cabeza al fijarse en el plato de plástico roto, en los huesos de chuleta y en las manchas de salsa solidificada. La señora Tomasa me la ha vuelto a jugar, se dijo mientras arrojaba la ropa por la ventana de su dormitorio, para espantar la peste a tabaco rancio. Y rugió entre dientes cuando, media hora más tarde, el timbre del despertador le arrancó de entre las sábanas.

Desde hacía unos siete meses, cada vez que era noche de luna llena y Juanín salía de su casa ya metamorfoseado, se encontraba en el descansillo con un plato repleto de comida. Las fauces caían sobre la deliciosa carne, la deglutían sin apenas masticarla, y luego el lobo salía a la calle y sus tripas empezaban a gemir. Los demás licántropos, viéndole soltar una cagarruta tras otra, se apartaban de él, y la noche de pasiones y desenfreno pasaba a ser una solitaria cadena de dolores y evacuaciones.
Cuando lo que quedaba de Juanín volvió, alrededor de diez horas más tarde, de su trabajo, enrojeció al distinguir un resto de chuleta entre las cerdas de su felpudo. Creía que había dejado todo perfectamente limpio, se dijo mientras, con la mano temblorosa, recogía el trozo de carne y lo guardaba en el bolsillo de su americana. Esto no puede seguir así, y dio media vuelta y, con una resolución que le parecía de suicida, se plantó delante de la puerta de su vecina. Donde estuvo a punto de desmayarse.

Finalmente reunió las fuerzas para pulsar el timbre, y la señora Tomasa lo recibió con una generosa sonrisa. Lo invitó a tomar el té, Juanín entró detrás de ella, y observó que las paredes estaban decoradas con estampas de la virgen y fotos en blanco y negro, y que el único detalle alegre del piso eran las macetas que había encima de casi todos los muebles, en las que se erguían flores cuyos colores y aromas parecían sacados de un cuento de hadas.
Se hundieron en los sillones del salón, y estuvieron hablando del tiempo hasta que Juanín se atrevió a contar la razón de su visita.
-Ay, hijo, perdóname, pero es que los punes de hombre lobo son el mejor abono que hay –la anciana ofreció unas pastitas a Juanín, mientras sus ojos se entristecían y vagaban hacia unos claveles de rojo sobrenatural.
Cuando el licántropo volvió a su casa, tuvo que tomarse un vodka muy cargado.
La señora Tomasa cumplió su palabra, y Juanín ya no volvió a encontrarse con platos de comida con laxantes en el descansillo. Se reincorporó a las jaurías de la noche, y la luna llena volvió a ser su amiga. Pero miraba alguna vez a las ventanas de su vecina, y el corazón se le encogía al ver cómo las flores volvían poco a poco a su color normal.
Un día, el portero le comentó que la señora Tomasa estaba muy enferma.

Juanín fue a visitarla varias veces al hospital. Jamás se encontró con ningún pariente o amigo suyo, y prefirió no preguntar a la anciana si eso era así siempre. Se pasaba horas en la habitación, contándole cómo le iba en el trabajo, las aventuras que le sucedían cuando se disfrazaba de lobo, o viendo con ella las noticias de la tele. La señora Tomasa, antes tan dicharachera, apenas conseguía articular alguna frase, y los tubos que ensartaban sus dos brazos hacían que no los pudiera mover, pero la sonrisa seguía allí.
Cuando le dieron el alta, Juanín fue a recogerla con su coche, le sirvió de apoyo mientras recorría la distancia que le separaba del ascensor, y le ayudó a abrir la puerta de su piso. Y disfrutó al ver cómo se iluminaba el rostro de la anciana, cuando esta se dio cuenta de que las flores tenían otra vez sus colores y aromas de cuento de hada.
Buscó a tientas su llavero dentro del buzón de publicidad, lo encontró cuando ya empezaba a desesperarse, tuvo que empujar la puerta principal con su cuerpo, y subió al primer piso en el ascensor. Encendió la luz del descansillo, y negó con la cabeza al fijarse en el plato de plástico roto, en los huesos de chuleta y en las manchas de salsa solidificada. La señora Tomasa me la ha vuelto a jugar, se dijo mientras arrojaba la ropa por la ventana de su dormitorio, para espantar la peste a tabaco rancio. Y rugió entre dientes cuando, media hora más tarde, el timbre del despertador le arrancó de entre las sábanas.
Desde hacía unos siete meses, cada vez que era noche de luna llena y Juanín salía de su casa ya metamorfoseado, se encontraba en el descansillo con un plato repleto de comida. Las fauces caían sobre la deliciosa carne, la deglutían sin apenas masticarla, y luego el lobo salía a la calle y sus tripas empezaban a gemir. Los demás licántropos, viéndole soltar una cagarruta tras otra, se apartaban de él, y la noche de pasiones y desenfreno pasaba a ser una solitaria cadena de dolores y evacuaciones.
Cuando lo que quedaba de Juanín volvió, alrededor de diez horas más tarde, de su trabajo, enrojeció al distinguir un resto de chuleta entre las cerdas de su felpudo. Creía que había dejado todo perfectamente limpio, se dijo mientras, con la mano temblorosa, recogía el trozo de carne y lo guardaba en el bolsillo de su americana. Esto no puede seguir así, y dio media vuelta y, con una resolución que le parecía de suicida, se plantó delante de la puerta de su vecina. Donde estuvo a punto de desmayarse.

Finalmente reunió las fuerzas para pulsar el timbre, y la señora Tomasa lo recibió con una generosa sonrisa. Lo invitó a tomar el té, Juanín entró detrás de ella, y observó que las paredes estaban decoradas con estampas de la virgen y fotos en blanco y negro, y que el único detalle alegre del piso eran las macetas que había encima de casi todos los muebles, en las que se erguían flores cuyos colores y aromas parecían sacados de un cuento de hadas.
Se hundieron en los sillones del salón, y estuvieron hablando del tiempo hasta que Juanín se atrevió a contar la razón de su visita.
-Ay, hijo, perdóname, pero es que los punes de hombre lobo son el mejor abono que hay –la anciana ofreció unas pastitas a Juanín, mientras sus ojos se entristecían y vagaban hacia unos claveles de rojo sobrenatural.
Cuando el licántropo volvió a su casa, tuvo que tomarse un vodka muy cargado.
La señora Tomasa cumplió su palabra, y Juanín ya no volvió a encontrarse con platos de comida con laxantes en el descansillo. Se reincorporó a las jaurías de la noche, y la luna llena volvió a ser su amiga. Pero miraba alguna vez a las ventanas de su vecina, y el corazón se le encogía al ver cómo las flores volvían poco a poco a su color normal.
Un día, el portero le comentó que la señora Tomasa estaba muy enferma.

Juanín fue a visitarla varias veces al hospital. Jamás se encontró con ningún pariente o amigo suyo, y prefirió no preguntar a la anciana si eso era así siempre. Se pasaba horas en la habitación, contándole cómo le iba en el trabajo, las aventuras que le sucedían cuando se disfrazaba de lobo, o viendo con ella las noticias de la tele. La señora Tomasa, antes tan dicharachera, apenas conseguía articular alguna frase, y los tubos que ensartaban sus dos brazos hacían que no los pudiera mover, pero la sonrisa seguía allí.
Cuando le dieron el alta, Juanín fue a recogerla con su coche, le sirvió de apoyo mientras recorría la distancia que le separaba del ascensor, y le ayudó a abrir la puerta de su piso. Y disfrutó al ver cómo se iluminaba el rostro de la anciana, cuando esta se dio cuenta de que las flores tenían otra vez sus colores y aromas de cuento de hada.
8 comentarios:
grande kermit, un final al mas puro estilo suavito. ah, y buen truco lo de mandar el email con enlace, asi de paso visito tus otros blogs.
un abrazo artista
Que duro eso de ser buena gente y mejor vecino. Muy bonito
¡Pobre Juanín! Tiene muchísimo mérito renunciar a sus juergas lobunas para alegrar a la Señora Tomasa. ¿No podían llegar a un acuerdo?
Salir a hacer de lobo, pero pasar antes para hacer sus necesidades en casa de la vecina, por ejemplo. Y sin laxantes, para no apestar a los demás licántropos.
Complicado, lo de dar gusto a las viejecitas encantadoras.
sí señor.
un cuentito entrañable y simpático. te sigo, mister. más que nada porque también soy funcionario y esto da para mucho tiempo libre de leer a gente con calidad como tú, socio.
un abrazo.
Muchas gracias, hombre. No digas muy alto lo de tener tiempo libre para leer, que los contratados se rasgan las vestiduras. Qué incomprendidos somos los que levantamos el país.
jajaja, y que lo digas, compadre!
Que majo, Juanín... Es que las bestias también tienen corazon... SIgo pensando que eres único "bautizando" personajes.
La "visita sorpresa" no me lo leo para que, valga la redundancia, sea sorpresa en clase :D
"Visita sorpresa" lo leí la semana pasada. Este lo escribí hace dos, y no lo leí porque estuvimos comentando los libros de Joyce y Bradbury.
De hecho, no tengo relato para esta semana (he estado muy liado con mi obra), así que mañana leeré este.
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