lunes, febrero 02, 2009

EDUCACION INFANTIL

Las noches en que se quedaba hasta muy tarde corrigiendo exámenes, a doña Rosaura le gustaba pasearse luego por el parquecillo que bordeaba la tapia del zoo. Allí, mientras la pálida luz de las farolas iluminaba los olmos y los castaños, y el aroma de los rododendros impregnaba el ambiente, la maestra se olvidaba durante unos minutos de los humos, ruidos y cemento de la ciudad donde estaba destinada, y se entregaba a sus pensamientos.

Veía el fracaso reflejado en todos los niños a los que daba clase. En ese colegio, la enseñanza de las tablas de multiplicar, la construcción de oraciones gramaticales o la Historia de España se había convertido en un lodazal donde cualquier avance era una proeza. Día tras día, se esforzaba por abrir una brecha en la muralla de caras de indiferencia, de grititos y risotadas en cuanto se daba la vuelta, de deberes nunca entregados y de secarrales en forma de examen, pero era imposible. Los pocos alumnos que aparentaban alguna aptitud no se atrevían a destacar, y las reuniones con padres eran inútiles. Para qué va a estudiar mi hijo, respondían con sus camisetas de tirantes y el cigarrillo siempre entre los labios, si no tiene más horizonte que un empleo en una cadena de montaje, o en alguna hamburguesería de mala muerte. Y la maestra se entristecía, pensando que ese era, en efecto, el destino que les esperaba a sus criaturas.


Doña Rosaura llegó a su rincón favorito del parque, y se sentó en un banco que daba a la luna. La estatua del general Olegario que presidía la placita tenía su bronce cubierto de pintadas, pero de noche parecía otra vez un gran guerrero, y a doña Rosaura le reconfortaba pararse a su vera, y escuchar el viento y las aves nocturnas.

Últimamente, estaba muy intrigada. Desde hacía tres semanas, Juanito Calabaza, Quintín Torrecilla y Antoñita Gómez solían aparecer por el patio de recreo con los más caros juguetes que anunciaban en la televisión. La espada atómica Lancelot, la muñeca biónica Wilma y el coche teledirigido Kimi no eran cosas que se pudieran permitir sus padres, que tenían contratos precarios cuando no estaban directamente en el paro. Pero, cuando la maestra les preguntaba quiénes les habían regalado esas maravillas, los niños sonreían y contestaban que el ratoncito Pérez. Y de ahí no había quien los sacara. A doña Rosaura le daba una pereza infinita llamar a sus padres, y todavía quedaba más de un mes para la siguiente visita colectiva.

Cuando las manecillas de su reloj de pulsera dieron las doce, doña Rosaura se levantó, se recolocó la falda, asintió con la cabeza para despedirse del general, y emprendió el camino de vuelta. Y, en esto, vio cómo unas sombras se encaramaban a lo alto de la tapia del zoo, y desde allí se arrojaban a la mullida hierba del parque.

Eran niños, y uno de ellos llevaba un bulto alargado, malamente forrado con varias bolsas de plástico. Aunque estaba demasiado lejos para reconocerlos, sus voces eran iguales a las de Juanito Calabaza, Quintín Torrecilla y Antoñita Gómez. Los zapatos de tacón que llevaba doña Rosaura no eran como para emprender locas carreras, así que decidió irlos alcanzando poco a poco, caminando entre los árboles para que los niños no la descubrieran. Igual aquí está la solución del misterio, se dijo, sintiéndose una heroína de las novelas de Agatha Christie que leía en la adolescencia.


Pese a los recuerdos de la presencia de algún perro con los que se encontraba, fue poco a poco comiendo terreno a los niños, y pronto vio que sus sospechas eran ciertas. El pelo alborotado de Juanito Calabaza, el andar arrastrando los pies de Quintín Torrecilla y las pedorretas de Antoñita Gómez eran inconfundibles, incluso de noche cerrada y con la vegetación del parque entre medias.

Los niños estaban entrando en una de las placitas, y doña Rosaura se disponía a abalanzarse sobre ellos, cuando de repente vio algo que le hizo pegar un respingo, y emitir un grito que sólo a duras penas evitó que se oyera.

Era un ratón. Sí un gigantesco y gordo roedor gris, con sus orejas y bigotes y toda la demás parafernalia, erguido sobre sus patas traseras como si eso fuera la cosa más natural del mundo. Aunque un examen más detenido revelaba un bolsillo cosido sobre el costado que veía la maestra, y una piel muy similar a la felpa.

-Ratoncito Pérez, ratoncito Pérez, te hemos traído lo que nos pediste –tomó la palabra Quintín Torrecilla, que parecía haberse erigido en el líder del grupo.

-Está bien, queridos niños, enseñádmelo, y os pagaré–el animal tenía una voz forzadamente grave, como de papá Noel que se había equivocado de especie.

A una señal de Quintín, Juanito y Antoñita quitaron las bolsas de plástico que tapaban el bulto. Y la maestra observó atónita cómo este era un colmillo de elefante, serrado con un corte limpio.

-Muy bien, queridos niños, os habéis ganado veinte euros cada uno –el gigante les dio un billete a cada uno.

-La próxima vez queremos el doble –respondió Quintín Torrecilla -. Nos ha costado mucho dormirlo esta vez.

-Queridos amiguitos, yo soy muy generoso, pero os estáis pasando tres pueblos. Ya hablaremos –cogió el colmillo, lo envolvió de nuevo en las bolsas de plástico, y se fue.

-Adiós, Ratoncito Pérez- lo despidieron los niños al unísono.


Una vez se quedó sola, doña Rosaura salió de su escondrijo, y su rostro se deshizo en una amplia sonrisa. Qué espíritu tan emprendedor, qué iniciativa, qué capacidad para los negocios. Yo que pensaba que los niños de esta ciudad eran todos unos catetos, y hay que ver menudas excepciones. Qué callados se lo tenían, los angelitos. Aunque tengan que hacer hasta la operación matemática más elemental con calculadora, aunque necesiten una secretaria para corregir cualquier cosa que escriban, aunque nunca sepan quién fue Agustina de Aragón o Winston Churchill, estos chicos llegarán muy lejos. Que, a la hora de la verdad, es lo que importa. Espero que se acuerden entonces de esta vieja que intentó darles clase. Ay, criaturitas.

Cuando volvió a su casa y vio la pila de exámenes sobre su mesa, doña Rosaura cogió los de Juanito Calabaza, Quintín Torrecilla y Antoñita Gómez, y les dio unos aprobados que no merecían.

3 comentarios:

Nico dijo...

Hola
También tienes el favicon de este blog enlazado. Que al principio no me dí cuenta que me pedías enlazar dos páginas. Un saludo. Espero verte de vuelta más por el blog ;)

maria dijo...

¡Angelitos!

Serio Y. Pérez dijo...

Lo sabía. Siempre sospeché del Ratoncito Pérez

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