lunes, febrero 09, 2009

A PRUEBA DE FUEGO

Si sobrevivo esta guerra, haré que la sala de mapas se traslade a una habitación con ventanas, piensa la reina Gwynid mientras intenta concentrarse en las estrategias militares que le explica su consejero. Y sin ese maldito revestimiento de las paredes. Tiene los ojos irritados por culpa de la alergia y del humo de las antorchas, y el olor a resina quemada le está destrozando la pituitaria. Aunque sabe que se juega la corona y quizá la vida en el envite, casi se alegra cuando entra el chambelán, y anuncia la llegada del mercader Georgie.

Pese a las protestas del consejero Eustace, decide recibirlo sin demora. En cuanto abandona la sala sus síntomas decrecen y, al llegar al salón del trono, ni se acuerda de ellos mientras se recrea en las exuberantes vidrieras.

El mercader entra, y la reina nota cómo su mirada se le clava en el escote. Viste una pelliza que ha conocido muchos inviernos, y sus greñas piden a gritos los cuidados de un esquilador.

-Ey, qué pasa, majestad –lo de inclinarse no va con él, lo único que hace Georgie es elevar la mano derecha, como si se estuviera dirigiendo a los parroquianos de una taberna barriobajera.


-Buenas tardes, queridísimo Georgie. ¿Has traído nuestras flechas incendiarias?

-Toma, claro. A ver cuándo he venido yo aquí con las manos vacías.

-¡No nos venga ahora dándoselas de comerciante honrado! –responde el consejero Eustace- . ¡Le recuerdo que, en la última guerra, tuvimos que pagarle mucho más de lo que habíamos acordado!

-¡Pero eso fue por la huelga de bueyes! ¿Qué voy a hacer, si de repente quieren doble ración de forraje?

-¡Y la anterior, la brea de las flechas era de tan mala calidad, que bastaba con soplar para apagar las llamitas! ¡Estuvimos a punto de perder, por su culpa!

-Bueno, sí, un despiste lo tiene cualquiera. Recristo, hay que ver cómo se pone por nada.

-¡Y sigo enumerando: en la batalla de Crockery Hills, desapareció misteriosamente el diez por ciento…

-Pero estoy segura de que nuestro leal súbdito no se atreverá a engañarnos esta vez –interrumpe la reina -. Dime, Georgie, ¿a que nos has traído todo lo que te pedimos?

-¡Recristo, pues claro!

Entra en ese momento el chambelán, quien ratifica que el cargamento está completo, y que ni las flechas ni la brea son de mala calidad.

La reina y su fiel consejero se miran. La expresión de Eustace denota que él tampoco las tiene todas consigo. Gwynid le hace un gesto para que guarde silencio y, a continuación, ondea su dorada cabellera, todavía más resplandeciente a la luz de las vidrieras, y adopta su tono de voz “especial terciopelo”.

-Georgie, no sabes lo contenta que estoy de que te hayas portado tan bien conmigo.

El mercader se queda boquiabierto, y parece a punto de desmayarse cuando la reina baja de la plataforma del trono, y enfrenta sus ojos con los de él. Y su nariz con el olor de sudor viejo que emana del tiparraco, aunque Gwynid tuvo buenos profesores de actuación cuando era niña, y sabe esconder sus sensaciones.

-Ma… majestad…

-Pero, querido amigo, creo que me estás ocultando algo.

-Yo… no… vaya… menuda jaca…

-Y, si me ayudaras, si me contaras qué es eso que sabes y que podría servirme para ganar la guerra, mi gratitud… no tendría límites - y roza la mano derecha de Georgie con sus dedos.

-A… armaduras ignífu…-balbucea el comerciante.

Se para en seco antes de pronunciar la última sílaba. Su expresión ha cambiado, y ahora es de espanto. La reina hace una seña a la guardia y vuelve a la plataforma. Por una parte está al borde del estallido, por otra se siente hermosa.


-¿Has vendido armaduras ignífugas al enemigo? –brama Eustace.

Esta vez, Georgie no encuentra argumentos para defenderse.

Los soldados se llevan al mercader. Este camina con la cabeza a punto de desplomársele. Cuando están a punto de dejar la estancia, la reina se acerca al grupo, blandiendo su sonrisa fundeglaciares.

-Un último favor, Georgie querido. ¿Me podrías decir de qué material están hechas las armaduras?

-De toxonia… -acierta a contestar el pobre hombre.

-Muchísimas gracias, mi buen amigo, nunca olvidaré esto. ¡Lleváoslo! ¡Encerrad a este traidor en la mazmorra más triste y oscura! ¡Y ponedle los grilletes más herrumbrosos que encontréis!

Cuando vuelve al trono, encuentra al consejero de un humor muy diferente a como lo dejó.

-Majestad, estamos salvados.

-¿Cómo? Explícate, Eustace.

-¡Es el material del que está hecho el revestimiento de la sala de mapas! ¡Ese, el que vuestro difunto esposo quiso poner por todo el castillo!

-¡Pobres, menudas alergias! ¡Van a enfermar hasta las pulgas de los caballos!

Las carcajadas de ambos retumban en las paredes.

Cuando, minutos más tarde, Gwynid vuelve a la sala de mapas poco le importa la resina y el humo de las antorchas, y mira a las paredes con un cariño que nunca hasta ahora había sentido.

5 comentarios:

Elena dijo...

Pardiez, me encanta Gwynith

Arancha dijo...

Bueno, bueno, por partes, como diría Jack el...
No te preocupes, Javi, porque no conseguí liar a nadie para lo del domingo y en principio no iba a ir. Además, sí que vi el mensaje a tiempo. ¡Gracias por avisar!

En segundo, como llegué tarde el jueves, he aprovechado para leerme el texto tranquilamente. La reina, me encanta. No cabe duda de que es un mujer con carácter. Y no cabe duda de que el tal Georgie está por ella y ella lo sabe :D

Lo que más me gusta del relato es la ambientación porque sin liarse en descripciones largas contextualiza muy bien la situación en pequeñas pinceladas.

Y el 'Recristo' es brutal...

Nos vemos el jueves!

viejecita dijo...

Este relato sobre la simpar reina Gwynith es una de las que más he disfrutado en este cuaderno.
No creo que les hubiera importado firmarlo a Steinbeck, ni a Perez Reverte.

elisa dijo...

Pues sí, una señora muy SXXI para su época, esta Gwynith... Totalmente de novela negra.

Morsa dijo...

Bravo, Kermit, me encantan tus personajes... son muy interesantes y abren muchas posibilidades. :)

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