lunes, abril 06, 2009

EN LA RIQUEZA Y EN LA POBREZA

En teoría ese es el día más feliz de su vida, el cielo es tan azul y el sol tan radiante como prometía la publicidad de la agencia de viajes, pero Gemma, mientras sacando fuerzas de donde no tiene, intenta sonreír y hablar con los invitados, constata varias veces que las pastillas contra el mareo no le están haciendo ningún efecto. A su lado, el imbécil de Ernesto, con ese chaqué que le queda tan bien y que Gemma tiraría al mar, intercambia chistes malos con algunos de sus amigotes, que ya empiezan a dar síntomas de estar tajados. A esas horas, cuando el capitán del Queen Maud todavía no ha aparecido ni para darles los buenos días, y menos aún para casarlos. Brillante idea la de su novio, celebrar la boda en un crucero por el Caribe. Lo más romántico que ha visto ella en su vida, con esas olas que brincan como canguros ebrios y ese suelo tan limpio pero que no hay manera que se quede quieto.


En esto, llega el sobrecargo, con su moreno que huele a crema, sus pantaloncitos de tenista de los años sesenta, y la sonrisa obligatoria en todos los empleados de la naviera, se abre camino entre las sillas de los invitados, y les dice a Gemma y Ernesto que el capitán no va a poder atenderlos. La tripulación se ha amotinado, y el señor Squiddy está en un bote salvavidas junto con los pocos marineros que todavía le aguantan, esperando a que la grúa del buque los arríe a la mar.
Gemma pegaría un bote si su estado físico se lo permitiera. Es lo mejor que puede pasar, que vuelvan todos a puerto y que la ceremonia se celebre en otro lugar. En una iglesia, en un juzgado, en un ayuntamiento o hasta en un taller mecánico, todo vale con tal de que el suelo no pegue esos bandazos. Pero le basta una mirada a Ernesto para darse cuenta de que las cosas no van a ser tan fáciles.
Su novio tiene el rostro enrojecido, y los puños tan apretados que parece que le van a estallar. Yo de aquí no me bajo soltero, brama mientras los invitados lo jalean. Esto es un maldito crucero, no una película de goletas y bucaneros con loro y pata de palo, y ustedes van a dejarse de revoluciones, y van a soltar ahora mismo al capitán. El sobrecargo aguanta la filípica y, cuando termina, explica a la concurrencia que el señor Squiddy se hurgaba la nariz en el puente de mando y dejaba el timón lleno de mocos, y eso es algo que en modo alguno se puede tolerar.


Sin atender a las súplicas de Gemma, Ernesto arrastra a su futura mujer a la cubierta donde aguardan el depuesto capitán y sus escasos seguidores, y los parientes y amigos de ambos siguen detrás en tropel. Gemma siente cómo se le revuelven las tripas e intenta respirar hondo, le es imposible hacerlo en medio de la loca carrera.
Cuando llegan, el señor Squiddy se niega en redondo a oficiar la boda.
-Yo ya no pinto nada en este barco, así que que los case alguno de los amotinados -sentencia con una voz digna de gran ballena blanca-, si es que sabe cómo hacerlo.
-¡Pero esa ceremonia no tendría validez!- contesta Ernesto mientras Gemma se inclina sobre la barandilla-. ¡En el registro jamás aceptarían un certificado firmado por otra persona que no sea usted!
El capitán se mesa los bigotes, se queda unos segundos pensativo, y finalmente ofrece una solución. Ya que están tan empeñados, súbanse a este bote, donde todavía mando, y cuando naveguemos entre las olas formalizaré su relación.
Los testigos parecen tan horrorizados como lo está Gemma. Esta intenta tranquilizar a su novio, es imposible. Ernesto barre todos sus argumentos con la furia de una galerna y, poco después, la dotación del bote se ve incrementada con la pareja y los pocos invitados que no pueden librarse. El señor Squiddy les ordena coger remos, y uno de los amotinados se acerca con un código civil forrado de mocos y unos papeles con sellos oficiales. Se le nota mucho que no puede contenerse la risa.
El bote es bajado al mar, y se mece alegre entre las olas. Quien no está tan contenta es la novia.


Media hora más tarde, cuando el casco del Queen Maud ya se ha escondido tras la línea del horizonte, el capitán Squiddy ordena a su tripulación que deje de bogar y, tras hurgarse una vez más la nariz, declara la ceremonia como iniciada. Pronuncia unas palabras supuestamente solemnes, lee un par de artículos del Código Civil, y pregunta a la novia, cuyo precioso vestido ha quedado irreconocible con todo el agua y la espuma que ha absorbido, si quiere a Ernesto como marido. Gemma abofetea a Ernesto antes de que añada aquello de en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, y rompe a llorar mientras los testigos, los marineros y el depuesto capitán Squiddy la ovacionan.

4 comentarios:

Morsa dijo...

:) Muy interesante, Kermit, un acierto el título, sí... En este relato me he quedado especialmente intrigado con el resto de los sucesos que acontecen en esta historia fuera de cámara, en ese bote lleno de mocos, noamotinados, familiares y una novia empapada en espuma de mar... :) Muy bonitas las imágenes, y muy original. Lo de los mocos me resulta un poco asquerosito, claro, pero se entiende su fuerza precisamente en lo asquerosito que resulta de imaginar...

Kermit dijo...

Muchas gracias, Morsa. Por cierto, he mirado el pdf con el libro del taller, y me ha parecido ver que ni Naya, ni Tatus ni tú habéis mandado nada. ¿Es cierto?

viejecita dijo...

Me ha encantado el cuento, pero necesito saber que va a pasar después.
¿Van a acabar en Tahiti?, ¿vuelven al Queen Maud para que bajen la pareja y los padrinos?, ¿Se los come a todos un tiburón? ¿ Al final, se casa alguien?, ¿Nombran a la ex-novia capitana, y ella tira a Squiggy al mar por cochino?

En ascuas estoy.

Borja Echeverría Echeverría dijo...

Jajajaj, lo de los mocos es un motivo muy valido para un motín. La bofetada con razón...
Saludos.

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