lunes, mayo 11, 2009

LA ÚLTIMA VISITA

Los tanques y los soldados por fin se habían ido de las calles, y cielo ya no traía el inconfundible zumbido de los bombarderos, pero la ciudad era montones de escombros, y personas de todas las edades buscando comida entre las ruinas. El Museo Arqueológico, con su impresionante colección de estatuas griegas y romanas, había sido una de las joyas de Ullevia, y el profesor Osvald, su director, se preguntaba qué quedaría de él después de la batalla. La ciudad había sido evacuada antes de los combates, y él se había pasado las últimas semanas en casa de su hermano, llorando en silencio cada vez que veía las imágenes de la televisión.


El museo había sufrido mucho. La planta superior era cascotes, vigas rotas y tuberías retorcidas, y lo poco que quedaba del techo amenazaba caída. El piso de abajo estaba mejor, aunque las bombas habían abierto numerosos boquetes, y Osvald se limpió las gafas contento, imaginándose las estatuas de nuevo en sus puestos, y el público admirándolas y olvidándose, durante unos preciosos minutos, de la barbarie. Pero la sonrisa se le heló cuando regresaron los conservadores que había mandado al sótano.

Muy poco quedaba de los tesoros que habían guardado allí antes de la evacuación. Brazos y piernas que en otra época fueron de Venus, Apolo o Julio César, una cabeza de Artemisa sin nariz ni orejas, vasijas rotas, puntas de sílex partidas por la mitad, recipientes metálicos cosidos a balazos, papiros quemados, esquirlas de mármol o terracota imposibles de clasificar. El resto había desaparecido. De las estatuas de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, que en otra época habían dado tanto prestigio al museo, sólo quedaba el recuerdo.

El profesor Osvald fue a su antiguo despacho, donde le habían colocado los restos de una mesa y una silla, y cuando por fin estuvo solo escondió la cara entre sus manos. El museo tendría que cerrar, claro, y a él le tocaría despedir a sus empleados uno por uno, darles un apretón de manos y una palmada en la espalda, y prometerles que contaría con ellos en cuanto regresaran las estatuas. Lo que él mismo sabía que era quimérico.

Ya había caído la tarde cuando una dulce voz de mujer le sacó de su ensimismamiento.
Era Inga, una maestra de lo que quedaba del colegio público de Ullevia. Antes de la guerra, las risas y correrías de sus niños eran una presencia habitual en el lugar, y ella había venido a ver si podría traerlos de nuevo. Vestía de negro y el anillo de casada ya no estaba en su mano. Su antes amplia sonrisa ahora era un leve trazo sin brillo.

El profesor no pudo contarle la verdad, y quedaron que la visita sería el miércoles siguiente.

No tardó el gobierno en mandar la orden de cierre. La planta baja del museo se convertiría en una dependencia ministerial, una oficina de algo relacionado con la recaudación de impuestos. El profesor Osvald reunió a los guardianes, conservadores y administrativos, y les contó la noticia. Fue tan triste como había previsto. El desalojo sería el viernes, hasta entonces dispondrían de un poco de tiempo para despedirse de la que había sido su casa.

El lunes estuvo pensando en la visita de la clase de de Inga, y llamó de nuevo a los empleados. Los necesitaba a todos para llevar una idea loca adelante.


Dos días más tarde, las salas de la planta baja del museo se llenaron de nuevo con los grititos y los juegos de los niños. Estaban más delgados pero correteaban entre las estatuas igual que antes, mientras Inga las miraba entre divertida y emocionada, y contaba historias de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, de las misma manera que en los tiempos felices. El profesor Osvald, irreconocible dentro de varias capas de maquillaje y de unas telas pintadas de bronce, lo pasaba mal para permanecer inmóvil encima de la caja que tenía como pedestal, con un brazo en alto y otro sujetando una lira a la manera del emperador Nerón, pero era un sufrimiento que vaya si merecía la pena. Un niño se quedó mirándolo, con los ojos redondos, otros estuvieron minutos delante del gordo Lars, que había sido escogido por sus bucles dorados para hacer de Alejandro Magno, de Susan, que recreaba una Venus que antiguamente no había tenido brazos, o del desgarbado Gus, que amenazaba truenos desde su pedestal de Zeus. Justo antes de dar la visita por terminada, Inga se acercó a la estatua de Nerón, y en voz casi inaudible le dio las gracias. Le faltaba muy poco para echarse a llorar.

Esa noche, el gordo Lars se trajo unas botellas de licor de su casa, que habían sobrevivido milagrosamente la guerra, y todos los empleados del museo se emborracharon. Incluso el profesor Osvald, que era abstemio.

7 comentarios:

Jorge J.R. dijo...

Ah, muy original.

viejecita dijo...

Muy bonito y muy tristísimo.

Xuan dijo...

Y hoy lunes ¿no hay estrenos en cartelera?

Kermit dijo...

Ay, lo siento. Ya habrá más.

antiheroe dijo...

Enhorabuena, llevo leyendo por varios blog y creo que este se lleva la medalla de oro de la semana, bajo mi modesta opinión. Un saludo amigo

Princesa Cuarto de Luna dijo...

Me ha gustado mucho. Ya tengo nuevas lecturas para mis momentillos de relax. Enhorabuena!!

Kermit dijo...

Muchísimas gracias, espero que te siga gustando lo que leas. Tu blog también es bastante interesante. Besos.

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